Uno de los grandes tesoros de esta vieja piel de toro que es la Península Ibérica, es su fascinante y rico folklore. O lo que viene a ser lo mismo: esa incipiente y variada cantidad de leyendas y tradiciones, cuya génesis se remonta al alba de los tiempos. Unos tiempos nebulosos, donde todavía prevalecían los antiguos mitos, en los que el medio de comunicación no era otro que el oral. O lo que es lo mismo: esa maravillosa costumbre de transmitir los conocimientos directamente de padres a hijos, como un tesoro especial que había que guardar cuidadosamente en la memoria, como la mejor y más cumplida de las herencias.
El problema, era que a la vez, el mito se acrecentaba o se desvirtuaba en función de la pureza con la que el receptor recogiera la enseñanza recibida y su capacidad para transmitirla posteriormente. En este sentido, podría decirse que igual que los aborígenes australianos tuvieron aquello que ellos denominan como el Dream Time o Tiempo del Sueño, en España se produjo lo que nosotros bien podríamos denominar el Devil’s Time o 'Tiempo del Diablo’. De ahí, que en muchos monumentos antiguos, se achaque a la figura del sufrido Diablo, el haberlos construido en sólo una noche, dado su gran poder para las artes teúrgicas, del que estaban totalmente convencidos hasta los Primeros Padres de la Iglesia, entre cuyos miembros figuraba el famoso ermitaño San Jerónimo, representado siempre con un león manso a sus pies e incluso atormentado por aquél en su lecho de muerte, como le ocurriera también a San Antón.
Uno de los casos más famosos, conocido por todo visitante y turista que haya estado en Segovia, no es otro que el de su impresionante acueducto, que todavía conserva, al cabo de los milenios, buena parte de su antiguo esplendor: obra cumbre de la ingeniería romana, que estuvo proveyendo de agua a la ciudad, hasta tiempos relativamente modernos. Pues bien, algunos lugares también cuentan en su haber, con leyendas semejantes, aunque referidas a elementos más modernos, pero de carismática mediatez en la Edad Media, como fueron los castillos. Sería éste, el caso del pueblo aragonés de Trasmoz y de su castillo que se eleva en lo más alto del promontorio, como si se tratara de una aviesa águila de piedra, que oteara eternamente el horizonte.
Trasmoz, para situarnos, es un hermoso pueblecito asentado a escasos kilómetros de un monte famoso por su esplendidez y la riqueza de la mitología a él añadida: el mágico Moncayo. Dista, aproximadamente, un kilómetro de un pueblo mucho más grande, Vera de Moncayo, en cuyo término la Orden del Císter elevó uno de los más soberbios y legendarios monasterios de Aragón: el de Veruela, que fue famoso, entre muchas otras cosas y anécdotas, porque en una de sus celdas estuvo residiendo, aquejado de una terrible enfermedad -la tuberculosis- uno de los más grandes poetas y narradores españoles del siglo XIX: Gustavo Adolfo Bécquer.
De hecho, fue aquí, en el pueblo de Trasmoz, donde Bécquer escuchó de labios de los aldeanos, fantásticas historias referidas, precisamente a este castillo, al Diablo que lo levantó en una sola noche y a las brujas y malhechores que lo habitaron, dedicándose, en sus terribles conciliábulos, a sembrar el mal por la comarca, hasta que fueron finalmente reducidos y puestos a buen recaudo. Se afirma, además, que la última bruja fue despeñada desde los muros del castillo en tiempos relativamente modernos, si bien es verdad, que en la actualidad, si se les pregunta al respecto, los vecinos callan y miran para otro lado, lo cual viene a ser, como dice el refrán, una forma de otorgar.
Tal vez por eso mismo, en los siglos XII-XIII, la Iglesia, siempre temerosa de las malas artes del Enemigo, elevó a escasos metros por debajo del castillo, una iglesia que puso bajo la advocación de Nuestra Señora de la Huerta, sin duda para contrarrestar los efectos negativos de los terribles moradores que residían allí, y en especial –hasta tal punto fueron temidas popularmente- contra unas brujas, que no sólo agriaban la leche en las mismas ubres del ganado, sino que además, provocaban espectaculares tormentas y tempestades, arruinando las sufridas cosechas.
Y como nuestro inmortal Gustavo Adolfo Bécquer dejó consignado:
'De las brujas de Trasmoz
que de unas a otras se heredan,
y así sostienen su fama,
no habléis mal, porque se vengan'.
'Trasmoz es en Aragón
hasta el año de la fecha,
Zagarramurdi, Aquellarre,
Tolosa y su historia entera...'.