- ¿Eran monjes?. ¿Eran guerreros?. ¿O eran, quizás, magos?. Nadie lo sabe a ciencia cierta. Tan sólo estamos seguros -tan seguros como podamos estar de que Dios existe- que los nobles y los caballeros templarios de la ciudad se enfrentaron un aciago día. La sangre corrió a raudales por aquél monte que queda enfrente de las ruinas del viejo monasterio de San Juan, y que a partir de entonces, yermo y maldito para siempre, en Soria conocemos como el Monte de las Ánimas. Los cadáveres de los monjes, apenas cubiertos por una tosca mortaja y colocados mirando hacia el interior de la fosa, como era su costumbre -¡quién sabe si para ver de frente al Señor de las Tinieblas, a ese demonio que llamaban Baphomet!- recibieron sepultura al otro lado del Duero, a la vera del monte de Santa Ana, en los terrenos donde se asentaba su monasterio, que todavía conserva su antiguo nombre de San Polo, que vayan ustedes a saber, si no sería en recuerdo de aquél olímpico Apolo al que ofrecían sacrificios los antiguos griegos. Lo crean o no, todavía continúan allí algunas de las viejas estelas funerarias que señalan el lugar exacto en el que yacen sus despojos, en un pequeño cementerio situado en las proximidades del ábside de la iglesia, como también era costumbre en la época. Unas estelas, en las que, si alguna vez se acercan y se fijan con atención, verán que aparte de la cruz, muestran también, en su reverso, unos extraños símbolos, más propios –les puedo asegurar- de endemoniadas brujerías que de verdaderos cristianos y gente devota de Dios, -explicó el viejo Anselmo, chasqueando ruidosamente los labios, después de apurar el resto de anís que quedaba en su vaso, mientras afuera, seguramente amplificado por el viento que se colaba por las estrechas callejas y los desiertos soportales anexos al Casino, se dejó sentir el melancólico sonido del reloj del Ayuntamiento, que anunciaba, campanada a campanada, las diez de la noche.
Fue, apenas apagado el eco de la última de ellas, cuando el más joven de los caballeros, de largos cabellos, perilla recortada y rostro ojeroso, excesivamente pálido, que se había identificado como redactor del señorial diario madrileño El Contemporáneo, dio un respingo en su asiento, notablemente sobresaltado, dejando escapar de su mano la pluma con la que había estado tomando nota de todo cuanto le estaba contando el viejo, la cuál, al caer con un ruido sordo y rodar por las hojas del cuaderno, liberó unas gotas de tinta, que aparatosamente emborronaron parte de las líneas escritas, tachando las últimas tres palabras, donde éste había escrito previamente: fue de templarios.
El otro caballero, mayor y de nombre Valeriano, dejó a un lado la carpeta con los bocetos que estaba realizando y miró a su hermano, preocupado al advertir la intensa palidez de su rostro -no achacable, en su totalidad, a la terrible tisis que le consumía por dentro- sacudiendo tristemente la cabeza, mientras vertía un poco de agua en uno de los vasos que descansaban en la pequeña bandeja de plata situada en una de las esquinas de la mesa. Por algo era el hermano mayor y sabía que hacía falta muy poco para espolear la ya de por sí liviana imaginación de su hermano Gustavo Adolfo. Sobre todo, a sabiendas de que apenas faltaban unos días para la fatídica Noche de Difuntos y que, una vez despertado ese súcubo diabólico en el que a veces se metamorfosea la casquivana Musa, éste se dedicaría a una febril actividad literaria, que en nada mejoraría su delicado estado de salud, aunque esperaba que pudieran aliviarlo en parte los sanos aires del Moncayo y la tranquilad y el sosiego de la celda del monasterio de Veruela, al que se dirigían, si bien, por un retraso, la tarde les había sorprendido de camino y tuvieran que hacer noche en Soria.
- Si los caballeros no creen lo que les digo, -continuó diciendo el viejo Anselmo- pueden comprobarlo por sí mismos, dejándose caer por allí. Verán que, aunque por un lado figura la misma cruz de puntas redondas que lucían habitualmente los templarios en sus hábitos, por el otro lado, sin embargo, se les helará la sangre en las venas, cuando vean los extraños grabados de soles y de estrellas de cinco puntas, que formaban parte de sus perversos rituales. Por eso, señores, por estas tierras creemos que eran magos. Hechiceros que habían aprendido oscuras ciencias allende los mares, en tierras de moros y paganos. ¿Cómo, si no, explicar esos símbolos entre gentes cristianas y temerosas de Dios?. ¿Por qué sus tierras eran más fructíferas que las de los demás?. ¿De dónde provenía su extraordinaria riqueza, si se decían pobres caballeros de Cristo, hasta el punto de que en su sello dos caballeros compartían un mismo caballo?. Creedme, nobles señores, todo lo que se relaciona con ellos, huele a azufre...¡Id, pues, amigos!. ¡Id a San Polo y lo veréis!.
Faltaban unos minutos para la medianoche, cuando los hermanos se despidieron del viejo Anselmo y sus espantosos cuentos. De camino a la casa de huéspedes –un antiguo palacio venido a menos, que quedaba en la calle de la Aduana, muy próximo a la iglesia bizantina de Santo Tomé- Gustavo Adolfo, cogiéndo repentinamente del brazo a su hermano Valeriano, gritó nervioso mirando hacia la luna, grande y de un color inusualmente sanguino, que se recortaba por encima del campanil:
- ¡Los veo, Valeriano!. ¡Veo a esos monjes con espuelas preparándose para continuar la batalla en la Noche de Difuntos!. ¡Mira!. ¡Mira!. ¿No ves los resplandores de los fuegos fatuos, allá, en la cima del Monte de las Ánimas?. ¿No escuchas el canto lastimero de un miserere en la distancia, ese oscuro non nobis, Domine, que brota de sus gargantas descarnadas?. ¡Ah, hermano mío, qué gran historia!. ¡Oh, Soria, Soria!. ¡Qué gran Musa de cuentos y leyendas eres!.
[La presente entrada, si bien revisada y ampliada (incluidas las fotografías), se publicó por primera vez en mi blog SORIA SE HACE CAMINO AL ANDAR. Tanto el texto, como dichas fotografías, son de mi exclusiva propiedad intelectual. La entrada original, a la que enlaza oportunamente con Steemit, la pueden encontrar en la siguiente dirección: http://juancar34.blogspot.com/2010/10/san-polo-memento-de-templarios.html Y recrea una visión romántica de los viajes de Bécquer por Soria, camino del monasterio de Veruela, donde pasó largas temporadas reponiéndose de su enfermedad. Dicha versión, si bien muy alejada de la verdadera esencia de la Orden del Temple, respeta, en parte, las antiguas creencias sobre ellos y también la animadversión que al parecer sentía Gustavo Adolfo Bécquer, por aquellos que él, despectivamente, denominaba como 'monjes con espuelas'].