La España Mágica se resiste a morir; es un toro herido que todavía colea, bufa y embiste dirigiendo sus cuernos en forma de media luna hacia el capote maltrecho de la Tradición. Es el Ayer, disimulado o cuando menos acallado, en los meandros de la indiferencia del Hoy. Hoy, como Ayer, hay lugares que permanecen obstinadamente ajenos al tiempo. Varían las situaciones y se desvanecen los hombres como pompas de jabón, pero el lugar permanece: silencioso, inescrutable, guardando sus secretos con el mismo celo que el simbolismo oculto en los Arcanos Mayores del Tarot.
Cívica, es un lugar extraño, cuya visión, ambivalente, atrae como repele. Es una colmena, cuyas celdas conservan los claroscuros de mundos de ayer y de hoy, que apenas guardan en común el deseo de aislamiento y la necesidad primordial de un techo. Situado a escasos kilómetros de Brihuega –interesante población alcarreña, que comparte santuario de Virgen Negra y advocación ‘de la Peña’, con Sepúlveda y Calatayud-, durante la Edad Media, Cívica constituyó un mundo aparte; un mundo sin luz, en el que los topos de Dios, los eremitas, cerraban voluntariamente los ojos de cara al mundo exterior, enclaustrándose de por vida.
En época moderna, o relativamente cercana, hubo necesidades vitales –España estaba todavía a años-luz de conceptos como “estado del bienestar”-, donde la gente tenía que amoldarse y a falta de plazos y facilidades de crédito, retornar a la época de las cavernas para procurarse un techo sobre sus cabezas y las cabezas de sus hijos.
En ese sentido, hubo iniciativas por parte de algún párroco –hemos de pensar que bienintencionado-, que aproximadamente a mediados del siglo XX, adecentaron en la medida de lo posible los habitáculos de este singular dédalo, permitiendo que gente que dormía al raso contemplando las estrellas, tendiera sus colchones en los cangilones de la tierra.
Hoy en día, llama la atención que las iniciativas por recuperar estas cuevas, se denominen especulación inmobiliaria. ¡Cómo hemos cambiado!.