Observándolo, cualquiera podría llegar a la equivocada conclusión de que está en el norte de África, pues en su atípica constitución, recoge fielmente los mismos patrones arquitectónicos de argamasa y arcilla que caracterizaban no sólo a las antiguas fortalezas norteafricanas, sino también, a las casas y a los pueblos que crecían y se desarrollaban extramuros de ellas. Esto lo podrá corroborar, quien haya viajado por la zona o, en su defecto, quien haya visto con atención películas como Lawrence de Arabia, El Mahdi o cualquiera de las innumerables versiones de aquél gran clásico titulado Las cuatro plumas.
Herencia de la cultura islámica establecida durante siglos a éste lado de la denominada frontera del Duero, que delimitaba los reinos cristianos en expansión de la poderosa organización musulmana, dirigida a golpe de sura y espada desde el Califato cordobés, sus derruidos lienzos recogen, con melancólica nostalgia, los silencios y avatares de unos tiempos de esplendor y decadencia, donde gentes de distintos credos, intereses e intenciones se cobijaron o asaltaron sus sanguinos muros. De ahí, que buena parte de su decadencia se deba, no tanto a la contienda que mantuvieron a su vera las tropas de Pedro I y las de Enrique de Trastámara, ni a la Guerra de Sucesión, cobijando entre sus muros a las fuerzas de Felipe V, como a la acción de la artillería napoleónica, que lo bombardeó severamente durante la Guerra de la Independencia.
Pero si esto, añadido al progresivo abandono, hicieron mella en esta joya medieval –uno de los pocos, poquísimos ejemplos en su género que se encontrará cualquier viajero que recorra la Península Ibérica- le coup de grâce o el golpe de gracia, se lo dio la incomprensible pasividad oficial, a pesar de que –y esto es todavía más incomprensible aún, si cabe- durante muchos años estuvo en las listas rojas de patrimonio histórico-cultural en peligro de sufrir un colapso total.
Como de hecho, así ocurrió hace escasamente un par de años, cuando se vinieron abajo varios de los lienzos que, como se muestra en las fotografías que complementan la presente entrada, permanecían milagrosamente en pie.
Sit transit gloria mundi.