No es mucho que se sabe de él, salvo que estuvo particularmente activo en Astorga y León, a principios del siglo XVI, por lo que su anonimato, como el de otros muchos maestros desconocidos, se compensa con la titularidad del lugar donde, aparentemente, pasó más años entregado a su labor artística. De tal manera, que en el caso que nos ocupa, se le reconoce como Maestro de Astorga, en base a una hipotética presencia en dicha ciudad, por un periodo comprobado de al menos diez años. Tampoco son demasiadas las obras a él atribuidas –al menos, de las que se tengan constancia, sin olvidar que España, créanlo, todavía constituye un inmenso museo privado por conocer- si bien, a juzgar por las que se conservan, localizadas principalmente en el Museo del Prado y en la Fundación Lázaro Galdiano, de Madrid, los especialistas han llegado a la conclusión, de que posiblemente se tratara de un seguidor de la escuela flamenca –especialmente brillante en Europa, durante los siglos XIV a XVI- más preocupado por los detalles afines al paisaje, que por el objeto principal de la obra en cuestión.
Este reconocimiento, lejos de ser una inconveniencia, nos abre las puertas a una especulación más objetiva y racional, si centramos nuestro interés en una de sus obras más interesantes, como es el supuesto desembarco del cuerpo del Apóstol Santiago en Galicia (1) -aunque habrá que perdonarle, no obstante, la escabrosa cuestión de mostrar a éste entero, obviando la decapitación ordenada por Herodes Agripa y acaecida en Jerusalén, en el año 44 d. de C.- desmitificando, con una objetividad sin precedentes, las floridas leyendas populares que circulan por el litoral, referente a la milagrosa arribada en una barca de piedra guiada por los ángeles.
Agradecido, pues, al interés del anónimo maestro en desmenuzar paisajes a golpe de paleta y de pincel, la obra nos muestra una hermosa bahía –quizás una ensenada, que para el caso, sería lo mismo- en la que llama poderosamente la atención una nave fondeada –modelo de la época del artista, aunque éste resulte, después de todo, un detalle irrelevante- que sugiere una plausible posibilidad a los preliminares de la Inventio, lejos de cualquier adorno innecesario y sobrenatural.
Ahora bien, a la derecha del cuadro, el artista nos proporciona, también, una interesante visión de lo que pudo ser el enterramiento del cuerpo santo, siglos antes del ‘redescubrimiento’ por parte del eremita Pelayo –observen la similitud Pelayo, Pelagio, Pelasgo, Pueblos del Mar, Veneratori Lapidi- y el obispo Teodomiro, que supuso el prólogo a una gran aventura, no sólo espiritual, sino por añadidura, económica, política y social, reabriendo las viejas y olvidadas sendas y calzadas romanas: el Camino de Santiago. Y esta visión, nos introduce –aun manteniendo las mismas dudas que Unamuno, en cuanto a la verdadera identidad de los restos que se guardan y glorifican en la catedral de Santiago de Compostela- en el tipo de elemento funerario que pudo albergar el cuerpo en un principio. La forma de la piedra sobre la que éste descansa, no parece dejar duda, pudiendo representar, perfectamente, la parte superior de un dolmen. Elemento que daría cierta base, si bien es cierto que popularmente desvirtuada, a la leyenda dorada de la barca de piedra, toda vez que en Galicia y en Asturias, a los dólmenes se les denominaba con el nombre de ‘arca’. De ‘arca’ a ‘barca’ –cualquiera diría, que estamos siguiendo los patrones del simbólico y asociado juego de la oca- apenas hay un paso. Desvirtuación, entonces, que objetivamente pudo haberse producido, de la misma manera que los copistas medievales cometían erratas en los manuscritos que transcribían, dando origen, en el futuro, a encendidos debates histórico-lingüísticos.
Notas:
(1) Obra perteneciente a la colección de la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid.