Se atribuye a Schopenhauer la frase de que en nuestros sueños, todos somos Shakespeare. Aquélla mañana de domingo, gélida como las manos blancas de las damas sobrenaturales de las leyendas de Bécquer, el aliento se cristalizaba en el aire, como dicen que lo hace el polvo en las alas de una mariposa. Frente a las puertas aún cerradas del museo, la escarcha, cual red de pescador, había dispuesto en egregios montones los cientos de hojas que se habían desprendido del traje de gala de un otoño que apretaba el paso para acudir puntual a su cita con el ángel negro del invierno. A diferencia de domingos anteriores, esa privilegiada ‘milla dorada’ que es la calle de Serrano no estaba cortada al tráfico, lo que garantizaba poder regresar en taxi y restringir, en la medida de lo posible, el daño que unos zapatos recién estrenados me estaba produciendo en los pies. Supuse que por algo explotó la mitología clásica el mito del talón de Aquiles y me pregunté si quizás en el corazón, cuando no en el alma del zapatero no anidaba el perverso deseo de pretender dejarnos cojos, como el herrero Hefesto. Aunque bien mirado, recordé, no obstante, esa antigua creencia que afirmaba que las personas que nacían con algún defecto físico, estaban bendecidas por los dioses. Después, cuando el vigilante abrió los portones metálicos de acceso al antiguo palacio, reconvertido en el mundialmente conocido Museo Lázaro Galdiano de Madrid, reparé en uno de los objetivos principales de mi visita: Francisco de Goya y Lucientes.
Pudiera darse el caso –me dije, mientras atravesaba taciturno las diferentes salas repletas de esos maravillosos objetos de deseo, que en el fondo son las obras de arte- que el viejo y pesimista Schopenhauer tuviera razón, y Goya, después de todo, hubiera estado poseído por el espíritu del gran dramaturgo inglés, cuando realizó aquéllas dos obras maestras que estaba buscando: El Aquelarre y Las Brujas. Dos obras, al parecer, realizadas por encargo de los duques de Osuna, que las exhibieron en uno de los lugares más encantados y esotéricos de Madrid, como es el Parque del Capricho. Dos obras, por añadidura, hirientes y melancólicas, que cuanto más se miran, más atroces y detestables parecen, no sólo por el aparente acto sobrenatural y pagano que representan, sino además, por el vergonzoso drama político y social que ocultan en realidad, expuesto con magistral expresividad por un cronista que hacía verdaderos alegatos a la desigualdad a través de la enmienda mágica de sus pinceles.
No tardé en descubrirlas, apenas ascendí al primer piso, mientras detrás de mí, unos centenarios escalones de madera protestaban conmiserativamente, como si hubiera pasado sobre ellos el inefable caballo del caudillo huno Atila: aquél del que se decía que por donde pisaba no volvía a crecer la hierba. Tampoco tardé mucho en divisarlos, uno junto al otro, allí, resaltando magnéticamente contra el fondo de pintura blanca del muro maestro de un salón, cuya esquina derecha conducía a una pequeña habitación del tesoro, en la que exhibían La visión de Tondal y Las meditaciones de San Juan Bautista, obras incatalogables por su críptico simbolismo, atribuidas a un no menos carismático y misterioso maestro flamenco –algunas fuentes, no obstante, situarían su nacimiento en esa metafórica Babel de culturas, que fue una vez Toledo- puede que también poseído por el espíritu inquieto y burlón de Shakespeare: Hieronymus Bosch, El Bosco.
Cualquiera diría que en el Aquelarre –pensé, hipnotizado por la fuerza extraordinaria contenida en la figura del demiurgo- el Maestro representó, de forma burlesca, varios mitos en la figura del Macho Cabrío. Me resultaba imposible observar a las dos mujeres de la derecha, cada una con un niño en brazos, y no pensar en la figura mítica del rey Salomón. Salvo que aquí, la terrible decisión no era dilucidar cuál de las dos mujeres era la madre, sino cuál de los dos niños era el apropiado para el holocausto. No dejaba de ser irónica la situación, pues mientras que una de las mujeres parecía rechazar la probable elección del monstruo, que mantenía una de sus patas sobre su hombro derecho, manteniendo alejado a su hijo bien nacido y rubicundo, la otra mujer ofrecía el despojo del suyo, mal parido y cadavérico. La representación de dos mundos sociales y antagónicos, que vivían en el mismo universo pero a abismos de distancia el uno del otro: lejos del niño noble, rubicundo y bien alimentado, el que se ofrece en sacrificio es un hijo del pueblo, desahuciado del cielo y de la caridad cristiana, huérfano, quizás también, de su correspondiente ángel de la guarda. Quizás por eso pensara Goya que el sueño de la razón produce monstruos. Pero además, resultaba difícil no reparar en otros detalles no menos significativos, como la forma de los cuernos de la bestia y no presentir en ellos ese instrumento musical, el arpa, plañido por reyes bíblicos, como David, aquél que sacrificó a su mejor general, seducido por el deseo irreprimible de beneficiarse a su mujer. Había algo familiar, también, en la corona, quizás de muérdago, que recordaba los ritos orgiásticos de Pan, de Dionisos, de Baco...Y sobre todo –me estremecí, sólo de pensarlo- que dentro del círculo formado por las mujeres, Satán representaba el papel inequívoco de mesías de las sombras –emulando lo que a la luz del día hiciera Cristo en Galilea- en representación de un mundo decepcionado, caracterizado por la pérdida de la fe y el desapego hacia una Iglesia alejada de la humildad y comprometida con el mantenimiento de su estado y privilegios.
Impresionado, cuando no mareado por aquél maremágnum de ideas, sensaciones y agnóstica acritud, afronté la observación del siguiente cuadro, Las Brujas con el estoicismo de un Prometeo condenado eternamente a dejarse arrancar las entrañas por lenguaraz. Pandora había hecho un buen trabajo, cuando abrió la caja y los terribles jinetes del Apocalipsis cabalgaron a su libre albedrío por el mundo. Así debía de parecerle al pobre desdichado que vivía la pesadilla de esas brujas que se abalanzaban sobre él, armadas con los más terribles artilugios de hechicería tradicional: velos y grimorios; aves nocturnas, como la lechuza, que tanto parecía impresionar a ese amante de las pesadillas que fue El Bosco; muñecos de cera albergando en sus órganos vitales las mortales agujas; ángeles negros portadores de las tibias de la muerte y aquélla tétrica bruja portadora del cesto con los infantes, irónico y burlesco remedo del mito cristiano de San Nicolás...Las pesadillas que atormentan al débil, al humilde, que hacen presa fácil en el inculto y que acompañan el resto de su vida al que ha nacido para ser uncido buey sobre la tierra.
Ni siquiera Macbeth pudo haber imaginado peor encuentro, ni creo tampoco que Shakespeare se hubiera atrevido a llegar tan lejos. Cuando salí del museo, observé los rostros cariacontecidos y sonrosados por el frío, de los que entraban, preguntándome qué pensarían de esas obras y cómo juzgarían al Maestro. Los zapatos seguían siendo un artilugio de tortura medieval y las rozaduras semejaban esos agónicos pinchazos que debía de sentir en su cuerpo el hechizado, cada vez que las brujas le clavaban un alfiler a su muñeco. No tenía ninguna duda. Como afirmaba el Maestro: el sueño de la razón produce monstruos.