Decía aquél excelso escritor que fue Gustave Flaubert, que ‘le bon Dieu est dans le détail’; es decir, ‘que el buen Dios está en el detalle’, y tenía mucha razón. Rebuscando en el baúl de los recuerdos –ya saben, ese que se supone que habita un lugar ignoto del corazón, como el alma, todavía no detectado por el raciocinio científico y que recordarán, seguramente, los que como yo tengan cierta edad y se cansaran de escucharlo en labios de Karina, en aquéllos felices años 70, cuando en España, por ejemplo, Fanta y Mirinda mantenían una lucha tan enconada como Pepsi Cola y Coca Cola en los Estados Unidos- encontré ésta fotografía, que me trajo gratos recuerdos de un viaje muy especial por el Norte de Burgos y la Llanada Alavesa. Me la sacó de tapadillo un magnífico amigo e inmejorable compañero de Camino, con el que he compartido muchos momentos y del que, además, espero haber sido un alumno atento y aventajado: el Magister Alkaest. Pseudónimo o avatar, de uno de los más grandes escritores y especialistas de la Orden del Temple en España, habidos y por haber: Rafael Alarcón Herrera.
La nota general del viaje, realizado durante unas vacaciones de Semana Santa, fue el tiempo. De una u otra manera, el tiempo siempre termina siendo el protagonista principal de cualquier aventura o acontecimiento. En aquélla ocasión, como digo, brilló por la lluvia. Lejos de ocurrir en el pasado, como afirmaba ese genio bonaerense y hábil navegante de los infinitos espacios de la Literatura Universal, que fue Jorge Luis Borges, la lluvia marcó el presente y el futuro durante aquéllas inolvidables jornadas, en las que chapoteábamos por el barro, buscando, metafóricamente, los lodos de antiguos charcos, poco o nada recogidos por la Historia oficial.
El lugar: una iglesia muy reformada, situada en un pueblecito de nombre Délika –euskera speaking, Délica en castellano- cuya situación –ignoro si privilegiada- le hace estar en la misma frontera que delimita las provincias de Álava y Vizcaya. Vamos, lo que aquí por los madriles, denominaríamos ‘entre Pinto y Valdemoro’.
La cuestión, es que íbamos buscando, precisamente, ese pequeño capitel –románico del siglo XII, para más señas, y uno de los escasos elementos sobrevivientes de la antigua iglesia- al que me pueden ver prestando tanta atención, buscándole todos los ángulos e intentando –ya les digo, que no siempre es posible- que no se me escapara ningún detalle. Es importante, sobre todo a la hora de interpretar y a la postre, viene a demostrar, la relatividad de las cosas. Es decir, que nada es lo que parece. Porque esa representación, que en un primer vistazo puede resultarles carente de atractivo, fea e incluso repulsiva –sobre todo, si se dejan condicionar inocentemente por la presunta catalogación generalizada, de alusión a la lujuria, en base, únicamente, a esas serpientes que se nutren de los pechos de la fémina en cuestión- no prestarán atención a las aves que se advierten sobre sus hombros o a esos círculos concéntricos, cuyo punto principal o sancta-santórum –comparativamente hablando- sería el onphalos u ombligo y dejarán pasar la oportunidad de maravillarse de la presencia, en una iglesia cristiana, de aquello que los irlandeses antiguos denominaban como Shella-Nagig. O lo que es lo mismo: una representación, bastante interesante, de la Diosa Madre. En definitiva, de la Naturaleza: madre amorosa, nutriente, protectora, prolífica, generosa y constantemente en eterna renovación.
Se podría pensar, entonces, que Flaubert se quedó corto y tendría que haber dicho, después de todo, aquello de: ‘le bon Dieu et le bonne Diosse s’ont dans le détail’.
Feliz fin de semana, amigos.