No todo ha de basarse, necesariamente, en la cantidad y variedad de su románico; ni en la soberbia belleza de sus espacios naturales, como la Laguna Negra, el entorno de los Picos de Urbión o el Parque Natural del Cañón del Río Lobos; tampoco en sus singulares fiestas tradicionales y sus romerías, que todavía conservan, en muchos casos, un hálito de medieval encanto. Ni siquiera en la variedad micológica de su tierra, que hace las delicias de micólogos, aficionados y gourmets de toda clase y condición, que rastrean sus montes y pinares en busca de tan suculento y codiciado tesoro. Soria, provincia de contrastes que nunca deja de sorprenderme, es también heredera y depositaria de viejas glorias -y no me refiero a Tiermes, a Numancia o a Uxama- retazos olvidados de Historia, que invitan a mirar hacia atrás, con un sentimiento de nostálgica congoja.
A la salida de Arcos de Jalón, en un lugar donde habita el olvido y aparcada a un lado del apeadero, la vieja locomotora numerada con el número 'dos mil doscientos sesenta y tres' sueña, desde su merecida jubilación, con el humo ennegrecido que salía de su chimenea y el silbido provocado por el vapor en ebullición que se acumulaba en sus calderas. Seguramente, haya todavía gente que la recuerde -posiblemente con el carnet de pensionista y jubilada también como ella- y sea capaz de contar historias; muchas historias, tantas como aquéllas que la imaginación en alianza con su vida pendiente de los deseos de un caprichoso califa, inspiró en la intrépida Scherezade 'Las mil y una noches', que tanto interés continúan generando en un mundo necesitado de sueños. Porque, hablando de historias o de sueños si lo prefieren, ¿cuántas, de igual manera, no podría contar ésta vieja gloria, si en lugar de ser un objeto inanimado, la naturaleza la hubiera dotado con el don de hablar?.
- ¿Historias? –imagino que podría decir, despertando con entusiasmo de su letargo-. Claro que tengo historias que contar. Muchas historias. Podría hablar de la alegría de los quintos cuando los acogía en los vagones que arrastraba, ebrios de alcohol, camino de Zaragoza o de Barcelona o de Madrid para incorporarse a filas. O del joven e inconformista labrador, despidiéndose de su novia en el andén de la estación, con una muda en su maleta de cartón y miles de sueños en los bolsillos, prometiéndose y prometiéndola que la capital habría de cambiar su situación, ayudándole a regresar como un sultán. Y también podría hablar del revisor: aquél viejo gruñon, de alma parapetada en su uniforme, al que no se le escapaba nunca ni un polizón. Del reconfortante calor que las calderas de mis entrañas proporcionaban a los maquinistas en las gélidas noches de invierno, cuando nevaba copiosamente y los copos se colaban en el interior de la cabina, como una lluvia de estrellas fugaces...¿Historias, dice, joven?. ¡Ay, memoria!. Si yo pudiera hablar, créeme amigo mío...¡Cuántas historias no podría contar!...
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