Si hay unos personajes enigmáticos, misteriosos e inciertos, pero paradójicamente cargados de una fuerza sobrenatural, que sólo puede surgir desde lo más recóndito del corazón de ese reino de la ilusión, que se llama Fantasía –y no pretendo emular a Michael Ende- esos son, no me cabe duda, los Tres Reyes Magos de Oriente. Ni siquiera el Evangelista Mateo, el primero, al parecer, en referirse a ellos, nos ofrece una visión clara de quiénes eran, en realidad tan carismáticos personajes, y desde luego, tampoco nos dice el lugar exacto del que procedían. Dejando aparte a San Juan, cuyo Apocalipsis difiere por completo del resto de los Evangelios Canónicos, las versiones de San Lucas –curiosamente, a sus manos atribuyen numerosas tradiciones, la confección de tallas marianas, consideradas como muy milagrosas- y de San Marcos, apenas difieren de la de Mateo. El enigma, pues, al cabo de dos milenios, sigue estando vigente.
De hecho, todo lo que se refiere a estos tres personajes, constituye uno de los enigmas más fascinantes, si me apuran, de la historia del Cristianismo. No deja de ser curioso, que durante siglos, las primeras representaciones de sus Majestades, los Magos de Oriente, excluyeran la figura del Fusco; es decir, la figura del que, a juzgar hoy por hoy y en las encuestas realizadas a los niños españoles -que mientras yo escribo estas líneas, están disfrutando de las cabalgatas, que es el preludio a la noche más mágica del año para ellos- todos parecen tener como favorito a Baltasar, el rey negro.
Tampoco creo que los restos santos que se veneran en la catedral de Colonia, sean las de estos ilustres personajes, que no sólo tuvieron el privilegio de adorar al Salvador, en su pesebre de Belén, sino que además, para Ellos, el Universo, como diría Paulo Coelho, ‘conspiró’, hasta el punto de poner a su servicio una estrella guía. Quién sabe si quizás la más brillante de ese Farol con el que los navegantes de la Antigüedad denominaban a la Vía Láctea, aquélla misma estrella, pudiera darse el caso también, que seguirían los peregrinos, siglos después, en su camino hacia la tumba del Apóstol Santiago, en Compostela.
Ni siquiera me detendré a meditar sobre esas fascinantes teorías, que ven en ellos alegorías de las razas primigenias procedentes de los tres hijos de Noé. O el símbolo de los tres continentes conocidos del Mundo Antiguo: Asia, África y Europa. O las tres fases de la existencia: la Juventud, la Madurez y la Ancianidad. O quizás, adentrándonos en el terreno de Stephen Hawkings, la alegoría de las tres dimensiones –al menos, las conocidas- del Tiempo: el Pasado, el Presente y el Futuro.
Me gustan los niños. Y me gusta verles crecer sanos y felices. De manera, que como ellos, dejaré mi mala sombra a buen recaudo y acompañando a Peter Pan con un pensamiento alegre, recordaré en su honor, la inmensa ilusión que yo también viví en mi infancia y pensaré, que lo importante, después de todo, no reside en quiénes fueron, ni de dónde vinieron, ni tampoco, qué representan en realidad. Lo importante, queridos amigos, es algo muy simple, pero a la vez muy grandioso: la inmensa Felicidad que proporcionan a nuestros hijos.
Para todos, una muy Feliz y Mágica Noche de Reyes.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.
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juancar347#4046
[Martial, latin poet]