Paul Eluard, fue uno de los padres del surrealismo, creador, además, de una frase que por su singularidad, posiblemente sea conocida hasta en los últimos rincones del planeta –o dejémoslo sólo en los supuestamente civilizados, por no pecar de exceso-, que con una seguridad categórica, decía aquello de: ‘hay otros mundos, pero están en este’. En base a esa frase, quizás interese saber, que hubo una editorial –Plaza & Janés, nacida a la vera del santuario de Montserrat y aquí, como mi Señora, corro yo también un tupido velo-, que demostrando una enorme visión comercial, la utilizó como lema para dos de sus colecciones, cuya temática habría de causar furor, en una España que había visto sometidos sus verdaderos cimientos espirituales frente al yugo de la Inquisición y cualquier disciplina que se apartara de los dogmas establecidos, constituía, abierta o encubiertamente, una herejía: Realismo Fantástico y Otros Mundos. Tiempos, además, en los que, aparte de los humores y nostalgias levantados a uno y otro lado del Telón de Acero, todavía no se habían apagado los ecos de las revueltas de París y había esperanzas de que los fuelles de la Sorbona proporcionaran a un asfixiado Occidente, vientos frescos de libertad y pensamiento, alentados por una juventud que creía en un mundo lleno de posibilidades, entre las que se podía destacar, por su ingenuidad, el idealismo. De alguna manera, ese idealismo era heredero de ciertos movimientos anteriores, como el surrealismo, y como éstos, presa también de esa hidra de siete cabezas que es la política, donde la libertad, el arte y la naturalidad –o si prefieren, ese mal llamado transgresión-, veía seriamente turbados sus grandes horizontes, cuando menos con el alambre de espino de la religión, la ética y la moralidad. Creo que es necesario entender esto, si queremos hacernos una idea, siquiera aproximada, de lo que, a juzgar por las cartas apasionadas de Eluard, significó éste singular y a la vez fascinante trio amoroso.
Dudo mucho, por otra parte, de que Paul Eluard imaginara alguna vez que su nudismo íntimo –comparativa y metafóricamente hablando- sería indecorosamente violado por el mundo editorial, con el beneplácito, es de suponer, de amigos y familiares, para alimentar el voyerismo literario de generaciones posteriores, menos cultas, quizás, a la hora de penetrar en el secreto de su introvertida poesía, pero que sin embargo se dejaba llevar sin tapujos por el concepto de amor libre, mientras los poderes fácticos, sobre todo en una España más católica que en la época de Felipe II, conservadores y cerrados, conjurados con el grito de Santiago, lo condenaba urbe et orbi, tachándolo de pornográfico. Por eso sorprende la franqueza, inocente y posiblemente limpia de pensamiento –si no miramos para otro lado, frente a lo natural-, con el que éste se despedía frecuentemente de Gala, interpolando la frase ‘me masturbo pensando en ti’, por aquéllas otras que el resto del mundo, menos natural y sí quizás mucho más hipócrita, apegado a la larva parasitaria de la moral, escribía en términos tan aburridos como ‘te quiero mucho’ o ‘tuyo para siempre’. Curiosamente, podría decirse que Gala, interpretando magistralmente ese papel de Zahir –en el sentido de persona que por influencia, llega a cambiarte la vida-, que es, en mi opinión, lo que ésta mujer, que a todas luces debió de destacar por intelecto más que por físico arrebatador, fue determinante en la vida de los dos, si bien, matizando que para Eluard fue el puñal y para Dalí, el pelícano. A uno le hirió mortalmente, haciéndole languidecer de monotonía, buscando inútilmente las nieves de antaño, como glosara el poeta Villon, hundiéndose en el recuerdo de sus años de matrimonio; al otro, por el contrario, le abrió su pecho, alimentándole con la fantasía de su corazón, a imitación de la metáfora de Cristo, que hizo lo propio para alimentar a sus crías, acrecentando una genialidad, que ya para entonces rozaba lo desproporcionado.
Ambos, Eluard y Dalí, tenían, cuando menos, una cosa en común: los dos fueron grandes masturbadores –públicamente confesos- y en consecuencia a ello, cabría preguntarse si existe, quizás, un gen determinante de la creatividad, especialmente desarrollado en los descendientes de Onán. Es decir, cabría preguntarse –en realidad, especular-, si eso que los psicólogos consideran como ‘la enfermedad del vicio en solitario’ –ciertamente, cuando no se tienen argumentos suficientes, la palabra enfermedad es el joker que pretendidamente ampara a esa diosa janística o de dos caras, que es la moral-, ¿es quizás la maldición del artista o el estigma del genio?. ¿Puede ser el sexo, después de todo, la trampa mortal donde fallece la acidia del amor?. Desde luego, no es de buena educación hablar de sexo en público. No es de buena educación, poner sobre el tapete verde esas ensoñaciones íntimas que, nos guste o no, se manifiestan también, puras y libres, a través de esos centros energéticos o chakras, que como un árbol cabalístico recorren nuestra espina dorsal de la cabeza a los pies. No es de buena educación ser transgresor, hablar libremente, romper el capirote moral de un acondicionamiento que está pidiendo a gritos ese otro Vulcano Salvador que lo libere de la fragua pestilente de los convencionalismos y lo eleve a esa categoría natural y racional, que a fin de cuentas, no es otra que la de ser y sentirse humano.