Ahora que el cielo pinta esos sobrenaturales colores que caracterizan en buena parte los cuadros del Greco, una fina aunque persistente llovizna se abate desaforadamente sobre Madrid.
El tráfico, aunque denso a media mañana, apenas se puede comparar con aquéllas interminables sucesiones de vehículos, de toda clase y condición, que colapsaban las principales calles y avenidas, en tiempos anteriores a los atrevidos y al parecer continuos jaques del Covid-19.
En la Plaza de Cibeles, mirando no sólo con desparpajo sino también diríase que con reproche hacia la fachada de ese imponente heredero de las olvidadas artes góticas que es el antiguo Palacio de Correos y Telecomunicaciones y en la actualidad reconvertido en el Ayuntamiento –o lo que algunos consideran como la obra faraónica y tumba política del faraón Alberto Ramsés Ruiz Gallardón- dos Meninas llaman poderosamente la atención.
Una, sobre cuyo fondo verde se adivinan múltiples y divertidas referencias de multidiversidad, representa a la Madre Tierra mientras que la otra, ataviada con una severa armadura medieval, interpreta el papel de la orgullosa y obstinada Historia.
Lo curioso, es que entre la una y la otra, parecen existir las eternas discrepancias, toda vez que en medio de esta segunda oleada de la pandemia, la Menina que representa a la Madre Tierra parece estar diciéndole a la Menina representante de la Historia, aquello de:
- ¡Hay que joderse, rica!. ¡Eres siempre la única que se repite!.
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