'Después de cabalgar dos horas llegamos a la Muedra, una aldea a medio camino entre Cidones y Vinuesa, y a pocos pasos cruzamos un puente de madera sobre el Duero...'.
Estas sencillas, pero relevantes frases, forman parte de ese cuento-leyenda, que bajo el título de La Tierra de Alvargonzález, ese gran poeta y sobre todo, hombre bueno que fue Antonio Machado, le dedicó a un lugar tan especial como es esta Laguna Negra de los Picos de Urbión. Curiosamente, parece que tan atractiva historia, vio la luz por primera vez en el número 9 -dicen que éste número no sólo representa al Ermitaño, en las cartas del Tarot, sino que además los entendidos en numerología auguran logros intelectuales a sus poseedores- de la revista parisina Mundial, publicada en enero de 1912. Si no fuera porque en los años cuarenta o cincuenta del siglo XX se decidiera la creación de un pantano, que lleva el curioso nombre de Cuerda del Pozo, diríase también en este caso, que al igual que en Calatañazor, Saturno pasó de largo sin apenas detenerse.
Causa pena, por lo tanto, decir que algunos de los lugares que menciona Machado en su historia, ya no existen. O mejor dicho, continúan existiendo, como testigos del despropósito, en lo más hondo del pantano. Sería el caso, por ejemplo, del pueblo de la Muedra, la torre de cuya iglesia sobresale en ocasiones, cuando el nivel del agua es lo bastante bajo, como un dedo acusador clamando justicia a sus verdugos. Por lo demás, y si no fuera por el asfalto de los caminos principales que llegan de Vinuesa y de Vinuesa parten hacia la Laguna Negra y el puerto de Santa Inés, en dirección a la frontera con La Rioja, cualquiera que pase por esas solitarias extensiones de pinares -no es de extrañar que a la zona se la conozca como la Tierra de Pinares, teniendo precisamente Vinuesa, la categoría de Villa y Corte-, pensaría que sigue poco menos igual que cuando los parricidas hijos de Alvargonzález cargaban con el cadáver de su padre para arrojarlo a esas aguas, cuyo fondo no se conoce y donde dicen también los cuentos de la vieja -la vieja, podría perfectamente ser aquí la propia Península Ibérica, que tiene cuentos y lugares especiales como éste para aburrir-, que mora una solitaria dama de las aguas, que todas las noches cepilla sus cabellos con un peine de oro, mientras suspira mirando a la luna.
Como todas las lagunas glaciares de su género, la Laguna Negra puede decirse que es todo un poema: un óvalo casi perfecto que, como decía aquél otro gran poeta hindú, Rabindranath Tagore, no fue cincelada por la maza y el cincel, sino por la dulce canción del agua. Además, se localiza en un punto muy específico, de la frontera que además de La Rioja, empareja a Soria con esa vieja comadre castellana, que es Burgos. Y en apenas una breve ruta de pocos kilómetros, conecta con otras lagunas glaciares no menos fantásticas y de una belleza singular: las de Neila.
Pero, como se suele decir, una imagen vale más que mil palabras, os dejo este enlace de mi última visión: