Hundido en la decadencia de mis mas ruínes sentimientos, riéndome cínicamente y con placer ante mis pecados perfectamente cometidos, me despierto cada mañana reflexionando mi día anterior, excitado por el disfrute de mis bajezas me masturbo sin clemencia alguna, pues incluso hasta mi propio dolor es un deleíte para el paladar de mi insana alma; que aunque vacía esté, sus fauces son insaciables y voraces. Sentir el climax de mi orgasmo febril que me desata libre hacia el Nirvana, donde el correr de mi semen sobre mi pelvis es lava ardiente del Tártaro que aunque me quema, no me arranca la piel, ungiéndome de inmortalidad, pues quién mas que un Dios para sentir el placer absoluto.
Valen mierda los ejercicios de yoga y respiración ante una buena masturbación mañanera. Después de disfrutar mi matutino rito pagano, llega la hora de enfriar un poco la mente y con una ducha de agua helada es lo mejor. La maldad es gélida, una mente fría es la mejor arma para crear los peores y bien elaborados planes macabros.
Ególatra endiosado hasta los huesos, me dispongo a vestirme con una elegante mortaja negra al mejor estilo de Valentino, por el aroma del azufre prefiero la fragancia Allure de Channel, e impecable de pies a cabeza salgo a la calle dispuesto y con las mas firmes y ruines de las intenciones, ocultadas en mis ojos por unas gafas negras de Roberto Cavalli. El mal es mi deseo y yo su fiel ejecutor.
Trabajo en una elegante sucursal del infierno, un gran edificio de grandes cristales oscuros. Soy un abnegado profesionista encargado de dejar libre con alas de ceniza y brasas a todo aquel capaz de producir oscuridad en este mundo que aún se empeña en tener un poco de luz. Violadores, homicidas, corruptos, secuestradores, narcotrafícantes, prostitutas, proxenetas, políticos, son mis pobres almas a las que gustosamente he de ayudar.
Soy abogado, y al graduarme juré que ejercería mi profesión en función del bien y la justicia, pero no era la primera vez que juraba en vano. Si yo pudiera quitarle la venda de los ojos a la diosa de la justicia sería para amordazarla.
A veces siento un poco de remordimiento en la conciencia al salir de la oficina por todo lo que hice en el día, pero al llegar al estacionamiento consigo la paz y la serenidad en el cómodo asiento de mi Ferrari.