Estaba allí sentado, con la mirada perdida. A estas alturas no sabría decir si buscaba en el piso alguna migaja de pan o si solo buscaba en algún recuerdo pasado, de cuando la mesa familiar estaba llena del "plato humilde". A veces era un arroz con huevo, a veces era caraotas con pasta y queso duro rallado, pero hoy es nada.
Revisa su bolsa y solo tiene la mitad de una papa medio podrida, una zanahoria llena de gusanos y una yuca que iba a necesitar eliminarle unas cuentas partes antes de llevársela a la boca. Era eso o nada.
Miró a un lado de la acera y había al menos 4 personas más hurgando en la basura. Sabía que no iban a conseguir nada, ya él había buscado allí horas antes. Se puso de pie para ir directo al metro, con una nube de olor nauseabundo. Esa mañana fue al basurero municipal, le habían dicho que ahí se conseguían "buenas cosas".
La verdad es que no logró conseguir nada, porque ese basurero "tiene dueño", y el costo para entrar a rebuscar en los desechos era muy alto para él.
Mientras viajaba de regreso a casa en el metro, pudo ver una niña vestida de colegio. Venía de lo más alegre con su mamá, entonando las recién aprendidas notas del himno nacional. Pensar que ya a los 5 o 6 años lo iba a aborrecer como el 99% de los estudiantes. Todos algunas vez detestamos levantarnos frente a la bandera a las 6:30 am a entonar las notas del himno, sin entender siquiera para qué se hacía. A veces nuestros cerebros no terminaban de procesar el haber despertado, cuando ya de forma mecánica comenzábamos a voz en pecho "Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó...".
Una canción que al entrar al liceo nos hacía felices el no tener que cantarlo de nuevo. Era más satisfactorio cantar la última canción de moda, de algún cantante cuyo nombre la mitad de la población pronunciaba mal y que en el tradicional spanglish sonaba aún peor.
Varios años después el estado prohibió música en inglés para todas las emisoras de radio, para "promover el sentir nacional". "Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó..." la canción de cuna del libertador, la canción que quizás muchos entonaron alguna vez como valientes por haber vencido, hasta hacerse dueños de sus propias tierras.
De nuevo bajó su mirada y ahí estaba, casi como pasando la lista de asistencia. Media papa, una zanahoria, gusanos, yuca.
Llegó a su casa ignorando las miradas de desagrado por su mal olor. Encontró a su bebe llorando, algún padre se sentiría mal de oírlo llorar, para él no. Para él era un alivio, porque resultaba una señal de que aún seguía con vida. La miseria tocó la puerta de su hogar y más nunca se retiró.
Miró a su hijo mayor famélico, mostrando sus esqueletos, ya sin poder caminar por la desnutrición, mientras sonaba en el televisor la estridente voz del presidente anunciando nuevas medidas para luchar contra "la guerra económica". La ira se apoderó de él, cambió el canal y de inmediato la voz de Capriles comenzó a salir de la tele, vociferando la miseria venezolana. Algo que de sobra ya él conocía.
Volvió a pasar la lista, media papa, una zanahoria, gusanos, yuca. "Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando la virtud y honor...". Seguía con la mirada perdida cuando él y su esposa tuvieron que arrojarse al piso, porque al parecer la OLP llegó al barrio, para exterminar a cuanto ser vivo se interpusiera en su paso.
Con suerte caían los indicados, normalmente caían los inocentes. Para nadie era una alarma, generalmente era narrado estos hechos en las casas de las familias más pudientes como algún cuento del lejano oeste. Para él, era una realidad, que deseaba fuese solo del lejano oeste.
Su mente gritó basta y su corazón dijo ya no más. Tenía dos opciones, morir en una cárcel como opositor y golpista o salir del país y tratar de salvar a sus hijos a como diera lugar. Su mente, su cuerpo, su psiquis sabían que estaba en un estado de emergencia. Tomó lo poco que les quedaba sin vender, a su esposa y sus hijos moribundos directo a la frontera.
Esa línea que lo separaba de la tierra prometida, de algún país de maravillas que de seguro ofrecía más que el pueblo glorioso, que nunca pudo derrotar este yugo. Apenas llegó supo que al tierra que le habían prometido no era tan real, que lo odiaban por ser un "mal oliente", "muerto de hambre", "sin techo", "mal viviente", "parásito".
Reunió las pocas fuerzas que le quedaban y entre tanta desesperación elevó una plegaria a la nada, diciendo: "Urgente: Se solicita una identidad, porque entre tanta miseria ya se me olvidó hasta quien soy. Necesito una identidad, que me aleje de la guerra y el hambre y la muerte, como alguna vez se les dio una a los italianos, portugueses, peruanos, chilenos, colombianos que años atrás llegaron a mi país, a mi pedacito de cielo. Urgente, se solicita una nueva identidad. En algún lugar que entiendan que somos humanos y pertenecemos al mundo, no al pedazo de tierra que nos vio nacer. Urgente, se solicita una identidad".
Tú que me lees buscaste tu identidad en el pedazo de mundo que vives, para reconocerte en tu círculo de amistad, para reconocerte en tus vecinos, para sentirte parte de un grupo o de algo especial. Tú de adolescente, no importa si eras del primer mundo o del segundo o del tercero, también luchaste por buscar la identidad.
Dicen que eventualmente, cuando las personas son tratadas como basura, se convierten en basura. Dicen que si los rodeas de miseria extrema, tienen solo dos opciones: Pararse duro y alejarse de eso o aceptarlo como su realidad. Muchos necesitan una identidad. Venezuela necesita una identidad. No conviertas una lucha por sobrevivir en algo personal, la historia del mundo ha demostrado que la catástrofe y la miseria eventualmente toca a la puerta de cada país, así que mañana puedes ser tú.
¿Ayudar o pisar? ¿Qué eliges?