Ya nada le importaba. Desde que le dejó Adrian, María lloraba a todas horas. Era un continuo lamento insoportable para los demás, sufriente para ella. Hasta que un día paró, ante el asombro de todo quien la rodeaba, María ya no lloraba, se le habían acabado las lágrimas o simplemente se había dado cuenta de que no servía para nada tanto sufrimiento, que la vida está hecha para ser felices y así lo decidió, optó por ser feliz el resto de su vida. Luego pensó que no sabía nada de su propia vid, tan sólo contaba dieciocho años. Cuántas vueltas podía dar todo. Todavía recordaba a Adrian pero en los buenos momentos que pasaron juntos, su primer beso, cómo y qué bien la acariciaba el pelo. Cómo le gustaba pasear con él por el bosque del parque de la ciudad. Ya nada de eso podría ser pero lo había vivido y estaba bien, era una buen recuerdo, se quedaba con eso, con lo bueno, con lo positivo. Ya no lloraba la pérdida y tenía un buen recuerdo. No podía pedir más que estar abierta al amor verdadero, aquel que con suerte dura toda la vida.
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