Las gotas de lluvia resbalaban sobre el asiento de la moto mientras Óscar se hallaba resguardado bajo el toldo de un kiosko, vigilando su preciado medio de transporte y herramienta de trabajo. Mientras aguardaba que escampara la lluvia, pensaba en lo cansado que se sentía apenas a las siete de la noche como para levantarse a las cuatro de la mañana del día siguiente a preparar y llevar a su hijo, Ignacio, al colegio.
Escampó. Ya eran las ocho y treinta y Óscar pensó que, tal vez, ya era hora de irse a casa pues con la inseguridad rampante que se vivía, antes de las diez ya se podía considerar tarde para andar en la calle.
Óscar limpió el asiento y estando a punto de abordar su moto, se acercó a él un sujeto extraño. Algo trémulo y distraído. Le preguntó a Óscar si podía llevarlo a su casa. "Sólo cinco cuadras, mi pana. Te pago algo más de lo que vale la carrera". Óscar declinó la oferta pues el sujeto no le inspiraba confianza. El sujeto insistió, ofreciéndole más dinero, logrando únicamente exacerbar la desconfianza de Óscar.
Tras lo que fueron menos de cinco minutos de discusión, el sujeto pareció aceptar finalmente la negativa de Óscar y se alejó un poco de él, sin perderlo de vista. Sintiéndose algo desorientado, Óscar miró las llaves de su moto, pensando en la posibilidad de que el sujeto sólo quisiera llegar a su casa rápido por razones que no se atrevía a contar por sutileza.
Óscar no lo pensó mucho y abordó finalmente su moto, y al tiempo que la encendía, sintió el impacto de los proyectiles atravesando su espalda, y las gotas de lluvia retornando, esta vez aterrizando sobre su cabeza. Se derrumbó sobre el pavimento húmedo, logrando sólo observar la oscuridad del cielo esa noche al tiempo que sentía cómo alguien hurgaba en los bolsillos de su pantalón. Sólo consiguió escuchar el sonido del motor de su moto alejándose, mientras cerraba los ojos y seguía observando la oscuridad del cielo tras ellos.
Fuente
Kimberly Barreto, 2018.