Domingo por la mañana. Mi mamá me levanta de lo que fueron unas dos o tres horas de sueño inquieto, llenas de sueños extraños y bastante realistas. Ante mi negativa de ir a visitar a la familia a un sitio en el que haces cola desde las ocho de la mañana para regresar a la ciudad, y a mediodía, si logras abordar el único autobús que llegue, te das cuenta que el 80% de quienes abordaron contigo ni siquiera estaban en la cola, mi mamá empieza a despotricar sobre cómo los hijos somos ingratos y que visitar a la familia no es una cuestión de querer, sino de deber. Decido desprenderme por completo de los brazos de Morfeo y comienzo con los preparativos; armo el bolso, le dejo comida, agua y arena limpia a mi gato y me visto.
Ya en el autobús de ida, Morfeo quiso secuestrarme y fue un tira y encoge. A mi lado se hallaba un señor algo relleno, que además, venía con las piernas abiertas de par en par en el asiento junto a la ventana. En resumen, cada vez que Morfeo me tenía en sus brazos, una cabezada en el aire bastaba para escapar de él.
Tras un par de dificultades técnicas en los planes, llegamos a la playa con la familia. Los únicos que quisieron surcar las olas fueron los más pequeños. Yo no tenía planeado hacerlo. Llevaba puesto un pantalón y no tenía ni un short en el bolso. Pero pensé, qué coño, y como no había mucha gente, decidí meterme en cacheteros y con una de mis gorras favoritas. Me quedaría en un sitio suficiente hondo como para que las pocas miradas que se posaran sobre mí, no se dieran cuenta, o al menos no de inmediato, de la atrocidad que cometía al bañarme en la playa con ropa interior en vez de traje de baño.
No es que la gorra fuese particularmente costosa o bonita, pero me la gané en una rifa en mi último cumpleaños. Eso la hace acreedora de un fuerte valor emocional de mi parte. Tampoco parecía haber mucho riesgo. Llevaba media hora dentro y las pocas veces que se me cayó, la había logrado recuperar sin ningún esfuerzo.
No contaba con la poderosa fuerza de la naturaleza, ni con las ansias que tenía esa playa en particular de arrastrar mis pies de forma imperceptible, cada vez más dentro, con cada ola que se formaba. Llegó un punto en el que a duras penas tocaba suelo con los pies y por más que me esforzara, no lograba caminar en dirección a la orilla. Sentía mis pies apresados entre la arena.
Fue en ese momento que me golpeó la ola que secuestraría la preciada posesión sobre mi cabeza. Tragué un poco de agua y cuando me volví a buscar la gorra, ya estaba a unos dos metros de distancia de donde casi no me llegaban los pies a la arena. Así que decidí abandonarla a su suerte y guardar la calma, como aconsejan hacer cuando uno está ahogándose. Tomé algo de aire e intenté nadar cómo podía hacia la orilla, contando con la fuerza de las olas como ayuda.
Una vez en la orilla, recibí la noticia de que era hora de irnos. Estuve cinco o diez minutos mirando esas aguas malhechoras con desprecio. Con la esperanza de divisar mi gorra en algún punto. Y la divisé, claro, sobre la cabeza de un pequeño no tan pequeño a unos diez metro de donde estábamos. Así que fui, preparada para cualquier negativa y cualquier invento sobre la llegada de la gorra a manos de aquel pre-puberto.
Para mi sorpresa, en cuánto le pregunté si la había encontrado en el agua, sólo se la quitó y me la entregó. Le agradecí muchísimo en mi mente, porque no me gustan las discusiones, mucho menos con desconocidos. Son campos minados.
Mientras volvía al lugar en el que mi familia recogía sus pertenencias, escuché vítores: mi familia celebraba que había recuperado a la pequeña. Y mientras me la colocaba, intentando transmitirle con eso un abrazo, mi mamá se reía y me decía: Esta noche no ibas a dormir.

Tremenda aventura, amiguita. Pero la próxima vez podrías perderte para siempre en los mares o caer en manos de alguien que habría inventado que se la regalaron o simplemente negarse a regresarla porque “el que la encuentra, se la queda”. Para la próxima, seré más precavida.