Jorge y Andrea se hallan bajo un sol abrasador, esperando lo que tal vez significará la salvación para su relación: un autobús que los llevará de vacaciones a una playa bastante alejada.
Ambos sienten ansiedad por las expectativas del viaje. No piensan que exista salvación para su amor, pero tampoco quieren darse por vencidos sin intentarlo. Los dos últimos meses han peleado sin falta cada día, muchas veces hasta cinco veces en menos de doce horas. Pero este viaje es la oportunidad de salir de la rutina, de verse el uno al otro bajo un nuevo panorama.
Un autobús naranja se aproximó a la parada donde ellos esperaban. Jorge lo observó y se le antojó que el autobús se fundía con el atardecer. Andrea sólo pensó en lo feo que era un autobús color naranja. Ambos recogieron sus maletas del suelo y esperaron su turno para abordar el vehículo.
Finalmente abordaron y se dieron cuenta de que no quedaban asientos juntos. Jorge se lamentó por ello, mientras Andrea siguió avanzando y tomó asiento en el lado izquierdo del pasillo. Jorge pensó que no había de otra y tomó asiento del lado derecho, quedando ambos lado a lado, pero separados por el pasillo del autobús.
Transcurrieron cuarenta minutos de viaje y Jorge cruzó una mirada con Andrea. La misma mirada que cruzaron hace dos años, al darse cuenta simultáneamente de que se amaban. Jorge comenzó a articular una frase de dos palabras cuando sintió un fuerte estruendo y, casi sin percatarse, la mitad izquierda del autobús había sido embestida por un camión, dejando el autobús dividido en dos y a Jorge con una oración interrumpida y un letargo perenne.
Kimberly Barreto, 2018.