Esta es una historia de amor.
Pero no una historia de amor convencional.
Les presento a Sinaí, alias "la Doctora Juguete".
Con sus nueves años, ha sido la protagonista de la historia de fiebre más impactante que he vivido.
Y esta intensidad no se debe a la gravedad de la patología, sino al contexto de la misma.
Una oxiuriasis no ha matado ha nadie en algunas decadas ya, pero casi lo logró en esta ocasión.
Nombre de la paciente: Yoselin Pereira.
1 año de edad.
MC: Deshidratación grave.
Dx: Parasitosis por Oxiuro.
Les explico: terminaba mi podcast en cuando, a medianoche, llaman a la puerta del apartamento, con una voz infantil gritando: ¡Doctor! ¡Doctor!
"Soy estudiante aún..." - pensé. "¿En serio ya debo pasar por esto?"
Y es esa falta de humanidad inherente en cada uno de nosotros, que hacemos labor social y servimos en este sacerdocio de la medicina, lo que hace necesario esta clase de post. Un despertar a la conciencia.
Una Yoselin Pereira junto a su guerrera hermana hacen falta a las puertas de nuestra vida profesional para ablandar las almas científicas y permitirnos recordar que somos humanos.
Sinaí, con sus nueve años, se hallaba a mis puertas con su pequeña hermana en brazos. Me miraba con firmeza al decirme: "Doctor, mi hermana no deja de vomitar, ha tenido diarrea con gusanitos y no ha comido nada en dos días."
¿Cómo actúas en esos casos? Al preguntar por su madre, dijo que llevaba dos días en casa de una amiga. Había visto a su hija así, y "le dio un beso para que mejorara". Más allá de la crisis febril, la hidratación IV fue efectiva; no obstante, la mirada de la obstinada hermana nunca se apartaba de la pequeña Yoselin. Sosteniendo su mano con la vía, no emitía sonido alguno.
Eran las 3am, y seguía al cuidado de su pequeña protegida.
Hoy en día los casos sociales son una realidad más que frecuentes en países como Venezuela.
Ser padre tiene más que ver con dotar la vida que con tener hijos.
Cualquier corazón se humaniza al vivir esto, y no hay fiebre de mayor relevancia para mi que el de aquella niña que se presentó a mi puerta
para enseñarme una vez más
que las historias de amor
viven en una sala
de hospital.