Llegué a este paraíso y me hicieron sin pedir permiso,
me dieron una mujer llamada Eva; la sacaron de mi costado,
mas NO me dieron una costilla nueva.
Nos dijeron que eramos iguales, pero veo dos montañas en su pecho
ella suspira deshojando flores y sonriéndole al ruiseñor;
yo solo quiero perseguir y aplastar insectos.
En este cielo escampado, todas las noches son estrelladas
a la mas grande de todas, le pusimos el nombre de "luna"
a veces está llena, otrás por la mitad.
Unas bailan al compás del ruido de la cascáda,
pero desaparecen fugazes para traer a las demás,
que duermen como aburridos luceros.
Dime, Eva, que habrá después de esa explanada
que NO deseamos cruzar, por temor a perdernos
en otros cuepos vestidos y no encontrarnos jamás.
Aquí no existe el temor ni el pudor, solo una gran serenidad;
no hay parámetros que nos digan que está bien o que está mal,
entre percepciones y sensaciones saquemos nuestras conclusiones.
Una serpiente tentó a mi mujer, y sin poder decidir también tuve que caer;
una manzana fue el precio, del completo desprecio de la humanidad,
por tercos y por necios, sin querer; tuve dicha culpabilidad.
Se cayeron las murallas y la naturaleza gimió,
se contaminó el Edén perdiendo toda su virginidad.
Explícame Eva: ¿cómo un árbol frondoso y lleno de vida,
abraza la macabra sonrisa de la muerte?
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