La gravedad del asunto fue tal que Alejandrito dejó de pedirle la bendición por el resto de sus años. Así quedarían las cosas desde aquella madrugada lejana de la infancia. La violencia de un brazo desbocado y todo el peso del machete fue a dar contra el bahareque de donde estaba arrecostado el catre. El niño compartía el sitio con su mamá y se salvó por una ñinguita… así. De vainita el papá no lo cogió con el cola e` gallo, y Juana Asunción no pudo hacer nada en ese instante porque estaba dormida. El muchacho salió librado de aquella calamidad porque la puntería de Pedro Alejandro estaba tan borracha que no atinaba en la espesura de tanta oscuridad. Mientras pasaban los años aspiraba encorralar los sucesos intentando sacarle alguito a la memoria... Pero que va... No lograba desenmarañar nada de aquel machetazo, el aguardiente y los celos hacia su mujer. El guarapo fermentado de la caña no le permitía ver dentro de la cabeza ningún recuerdo que le explicara por cuál motivo de peso su hijo mayor no cumplía la costumbre sagrada de pedirle la bendición.
Leo A.
Los Teques, 11 de abril de 2016