En esa sanpablera el instrumento quedó vuelto un rastrojo de maderas y cuerdas rotas. El solo contemplar la desgracia que había acontecido se le derritió la voluntad en llanto quedando adolorido en lo más hondo de su ser. Ahora, ¿Qué consuelo le iba a llevar a esa pandilla de condenados que con ansiedad esperaban ese requinto? El compadre Aristigüieta no atinaba con el pensamiento que pudiera amordazar el demonio en la soledad de aquellos corazones.
Leo A.
Los Teques, 30 de agosto de 2013