Ahí tenía dos horas continúas llorando inconsolablemente. Arrojado sobre la rockola no conciliaba el alivio que pusiera freno a todo ese lagrimero.
— “Mire compa Wilfredo, quítese de esa bicha no sea que con el temporal provoque un cortocircuito y se le achicharren las penas”.
— “Dios lo oiga mi compa...Dios lo oiga”. Fue lo único que alcancé de aquellas palabras entrecortadas.
Leo A.
Cagua, 03 de agosto de 2009