Nicolasa muchas veces se ha visto tentada a tomar la guitarra y arrojarla en el tanque para que se muera lentamente por la asfixia y cagada por los patos güirirís; a ver así padece con gusto la temeridad de estar robando maridos. Eso piensa ella «solo lo piensa» porque no tendría la voluntad suficiente para llevar a cabo ese horrendo homicidio. Nicolasa sabe muy bien que si le quita la vida a esa pérfida encordada se la quita a Quilimaco, que ama tanto a ese instrumento como a su propia vida, y Nicolasa no soportaría ver morir a su marido. Lo venera con el romanticismo fanático de una adolescente.
Leo A.
La Victoria, 03 de agosto de 2009