A la memoria de Ramón Vicente Cuello Negrín, llamado amorosamente por la familia “Puchito”.
Los comentarios en el velorio del angelito giraban en torno a que Puchito en alguna travesura cotidiana se había llevado un tanganazo en la cabeza y ahí empezó su labor un insignificante tumor que días después lo recluyó en una cama hasta que un fiebrón lo sancochó y lo puso a dormir en un cajoncito forrado en satén blanco. La tía Josefina Negrín en la medida que íban llegando los dolientes, levantaba la cabeza de su muchachito y mostraba con el dedo índice la cicatriz que de oreja a oreja la atravesaba. Los ojitos abiertos por el artificio de unos palillos, los cachetes sonrosados por el maquillaje de las mujeres y las flores de los jardines aledaños ambientaban la reunión familiar de despedida. Si hubiese sabido que Puchito iba a partir tan pronto le habría regalado, aún en contra de mi corazón, la escopeta de corcho y el caballo mecedor que tanto le apasionaba y que mi papá consiguió, escarbando en el vertedero de basura de la Dolorita, obsequiándomelos como los más preciados tesoros. La última vez que jugué la “ere” y “ladrón fugado” con puchito fue aquel mediodía soleado, en el rancho de mí tía Josefina cuando vivían en Líra de la Doloria. Al poco tiempo nos volvimos a encontrar allá en Caja de Agua de Guatire; sin embargo, él ya no pudo jugar más conmigo. …pero, sí que fue posible en los días subsiguientes por medio del insomnio y los recuerdos recurrentes. Ya han pasado cincuenta años y aquí continua conmigo compartiendo las más agradables motivaciones infantiles.

Leo A.
Caracas, 6 de abril 2018