Hola a todos!
Desde hace algún tiempo viajar horas y horas en tren es parte de mi cotidianidad.
Para vencer la inercia y las horas en desplazamiento, no me queda otra cosa que mirar paisajes en la ventana, gente que sube y baja, conversaciones, zapatos, cortes de cabello. También antes de entrar al tren, en las estaciones, me toca esperar, mirando el ritmo acelerado de los zapatos, de las frases dichas al pasar, del señor que pasa barriendo, del que trabaja en el puesto de libros, de los pianistas de ocasión. Siempre me digo a mi misma que si esto fuese el oriente de Venezuela, de donde vengo, habría más cumbia y quincalla, pero se trata del oriente del mundo, de Israel, de esta república datilera, como me gusta llamarla, en la que las cosas pasan de otra manera y con muchos otros ruidos. Muchos ruidos, eso sí.
A veces me digo que lo mejor sería leer en los viajes. A veces leo. Aunque finalmente siempre termina acaparando mi atención el constante fluir de gentes y paisajes a mi alrededor.
Cada día, en cada viaje, miro cosas que significan tanto para mí, aunque no sepa exactamente para qué. Cosas que quiero contar cuando regreso a casa, y a veces cuento. Más que historias, son pequeñas iluminaciones en la penumbra de lo desconocido, breves fragmentos de verdaderas historias, o simplemente imágenes venidas de otros mundos.
Esos cuentos de caminos y de trenes son los que quiero contar aquí.
Y como la frase "cuentos de camino" da para contar cualquier cosa ficticia o real, también rescataré mis otros cuentos, esos que han sido el germen de mis libros.
También compartiré fotos mías, tomadas con el teléfono, mientras viajo o camino. La que acompaña a este texto fue tomada un día de granizo, el invierno pasado.
Están todos invitados a este viaje.