Nací y crecí en un hogar en el que no pudieron darme los lujos y detalles que otros niños si podían tener, mi madre de profesión costurera trabajaba de lunes a viernes en una fábrica de costura en el centro de la ciudad para posteriormente llevarse costura a casa y mi padre de profesión barman trabajaba todas las noches en un local en Petare, de donde yo vengo.
Pero mal o bien siempre tuve un hogar, comida en la mesa y mis estudios. Es que mi mamá siempre me decía “Estudie para que sea grande, vas a tener alas y nadie podrá cortártelas”.
Mi primaria la hice en un colegio público en el mismo sector donde vivo y posteriormente al llegar al sexto grado se emitía una zonificación para un liceo público pero mi mamá tenía otra idea, ella quería que yo recibiera una mejor educación.
Y es que el jefe de mi mamá le habló de un colegio para niñas que quedaba a una cuadra de la Iglesia de Santa Teresa y que era de la Congregación Siervas del Santísimo Sacramento, una institución donde estaba seguro que las niñas recibían una educación de altura por lo que allí nos llevaron. Presenté la prueba de admisión y fui a la entrevista personal con la Madre Superiora que me dijo el tan esperado “Señorita, usted está aceptada en nuestra institución”. Estaba tan feliz que no podía creerlo.
Fachada del Colegio Monseñor Castro donde se aprecia la impresionante iglesia anexa. Fotografia tomada de Internet
Pero para llegar al colegio teníamos que salir muy temprano de la casa porque de donde vivimos al centro de la ciudad tardábamos alrededor de una a dos horas dependiendo el tráfico. Todos los días me levantaba a las 4:00am y salíamos a las 5:00am, tomábamos el jeep que bajaba del barrio hasta Petare donde abordábamos el autobús que nos dejaba justo frente a la iglesia de Santa Teresa para posteriormente bajar caminando hasta el colegio que queda frente a la Plaza La Concordia (esta plaza tiene una historia muy particular que pronto les contaré).
Ya estaba cursando mi año escolar y sucedió algo que no nos esperábamos, la matricula aumentó y mi mamá ya no podía pagar por mi hermana y por mí, una de las dos ya no podría seguir y fue cuando la Hermana Damelis, la Coordinadora de la institución sugirió “La Primera Dama siempre hace aportes al colegio, voy a comentarle el caso de estas niñas, no le prometo nada pero vamos a intentarlo”.
Fotografía de Doña Alicia Pietri de Caldera
Así las cosas, mi mamá le pidió a Dios que se pudiera conseguir ese milagro y sus oraciones fueron escuchadas porque días después la Madre Superiora le informó que Doña Alicia Pietri de Caldera, Primera Dama de la República de Venezuela estaba dispuesta a pagar los estudios de una de las niñas, y que la escogida era yo. Yo me quedé sin palabras, ¿Cómo es posible que una señora tan distinguida y hermosa sepa de mí y quiera ayudarme a continuar mis estudios? Pues la Madre Superiora me dijo que Doña Alicia decía que el futuro estaba en manos de quien bien quiere tenerlo y que yo merecía esa ayuda.
Y es así como yo pude continuar mis estudios en tan prestigiosa institución y todo gracias a una gran benefactora que era nada más y nada menos que la esposa del Presidente de la República, el doctor Rafael Caldera allá por el año 1995 y en una época que si bien habían deficiencias, no estábamos en una crisis como la actual. Puedo decir que viví los mejores y más grandes momentos de la Cuarta República. Mi hermana terminó el noveno año y como hasta allí llegaba los cursos mi mamá nos llevó a otro colegio ya en nuestro sector pero la gran experiencia quedó para siempre en mi corazón.
Escudo del Colegio Monseñor Castro. Captura de pantalla
Hoy recuerdo sus pasillos, su hermoso jardín donde podías ver unos conejitos saltando, a las religiosas caminando por los salones, el aula de computación y sobretodo la enorme iglesia anexa a la institución donde por tantas horas me escapaba para tan solo sentarme a mirar el altar y su techo, es de esas edificaciones antiguas y yo que amo tanto la historia no puedo evitar imaginarme a las damas de grandes vestidos entrando allí.
Y esta fue mi historia, la de una niña que fue beneficiada y abrazada por el amor de una verdadera Primera Dama que nunca dejó de enviar el tan esperado cheque de pago para mis estudios. Hoy yo sé que esta hermosa mujer está en el cielo. GRACIAS.
En memoria de Doña Alicia Antonia Pietri de Montemayor de Caldera (Caracas, 14 de octubre de 1923 - Caracas, 9 de febrero de 2011)