Lucero que me cuidaba, hoy vi cómo se marchaba con lágrimas en el alma,
no hubo tiempo para despedidas, su mirada desconcertada,
un suspiro,
una lagrima,
fue tu último momento, mientras me dejabas en tan cruel destino incierto.
Mi mirada busca desesperada las mariposas en el jardín,
su retorno es mi tormento, las flores marchitas, el césped muriendo;
mariposas no vuelven, sin ti,
sin flores
ni polen.
¿Lucero que has hecho de mí?
No encuentro motivos para vivir.
Frágil corazón sin razón se quedó;
el fulgor de mi fugaz vigor, yace en el deceso de tu resplandor.
Recuerdos, motivos de mis remordimientos;
jubilosos los días, cuando en tus brazos reposaba mí alegría.
¡No entiendo porque te has ido, si aquí en mi alma ya tenías nido!
La luz que emanaba tu tierna existencia,
de ella nada queda
ni siquiera una estela;
la frívola muerte, atroz y feroz, te arranco de mis brazos,
separándonos sin medida y con razón.
El tiempo los talones te pisaba, y yo ignorante del destino lacerante que me guardaba.
Nunca olvido nuestra última charla,
¡Eres tu niña querida la razón de mi alegría! Recuerda: "aunque me vaya viviré eterno en tu alma".
Lucero, ¡eras el todo de esta niña que sin hogar se hallaba!
huérfana y desdichada niña que en mujer se transformaba;
crecer sin tu luz fue mi ruina y condena,
flor que crece en tinieblas,
jamás florecerá
ni siquiera
en
primavera.
"Este escrito es reflejo de lo vivido con mi abuelo, sus últimos momentos, lo que significó en mi vida. Con mucho dolor escribí estas palabras, mis lágrimas fueron testigos; el recuerdo latente de tu último suspiro. Mi viejo querido, vivirás eterno en mi alma, pero aún más, en mis palabras, las que escribo y conservo. Mi eterno lucero...
... Por siempre tu niña adorada".