El tinto del lago
—¡…invocato a nobis sancto et terribili Nomine Iesu, quem inferi tremunt! — Eran las plegarias que el capellán, Juan de León, suplicaba al gran Hacedor. Alzando su pelona cabeza, gritando hacia el oscuro manto, implorándole fuerza y ayuda para purificar el cuerpo de la hija mayor de un anciano wayuu, la cual se encontraba dominada por un espíritu ancestral atribuido, curiosamente, al culto de la sangre. Ocho hombres la sostenían, dos de cada brazo, dos de cada pierna, cada uno con sus semblantes macilentos, producto de la modorra que les hacía desfallecer. Con afán, intentaban sostener el infierno que, ante sus ojos atónitos por el horror, se manifestaba. Una gran bola púrpura sobresalía del vientre de la joven, desmedida, a punto de estallar. —¡Ahí viene! ¡Ahí viene! —Gritaban los hombres atemorizados al presenciar tan dantesco circo. De su dilatada vagina se asomaba una pequeña criatura, semiviva, semidemoníaca, que, al expulsarla, terminó revolcándose en un oscuro líquido, adoptando posturas anormales e impropias de los humanos. Sus extremidades iban creciendo vertiginosamente, hasta alcanzar la forma de una mujer adulta. Se abalanzó sobre cada uno de los captores de su madre, dislacerándolos con violentas mordidas, bebiendo de sus gargantas abiertas… saciando su sangrienta sed. —Vade retro Sata… —De León no tuvo ni un minuto para defenderse de la ira del producto infernal de la energúmena, ni siquiera para despedirse de su altísimo padre, tiñendo así, de un bermejo oscuro, con su sangre, las paredes del palafito y escurriéndose por el delgado espacio de los pilotes de madera, al lago.