Aline escapaba de su padre. Se alejaba de la casa a la que no consideraba un hogar, no con ese monstruo allí. Se sentía culpable mientras recorría el bosque. Aun podía escuchar los gritos de su madre pedirle que huyera, que no se preocupara por ella. La había dejado en la boca del lobo. Era una cobarde. Tropezó con una raíz sobresaliente y cayó de bruces. Oyó un graznido desde lo alto de un árbol y una pluma blanca cayó sobre su cabeza. Se volteó para ver que un búho la observaba.
—¿Escapas de la oscuridad? —preguntó el búho. Aline soltó un grito de pánico cuando lo escuchó hablar—. No perturbes la paz de este lugar, niña tonta —le regañó. Aline entendió de pronto. Y el búho volvió a preguntar—: ¿Escapas de la maldad?
—¿Nunca llegué a escapar, cierto?
—¿Escapas…? —repitió el búho.
—Si —respondió Aline.
—Pues bienvenida al más allá.