Desde su chalé de Galapagar, con ayuda de las cámaras instaladas ex profeso después de su subida finalmente al poder hace ya cuatro lejanos años, veía la irremediablemente inmediatez de su muerte y su prole, como unos Romanov cualquiera.
En principio, el clamor popular fue unánime. Europa callaba mientras el país incrementaba pensiones, salarios mínimos, revisaba convenios y perseguía a los empresarios en una lucha contra el fraude en la cual,al estilo más partidista bolchevique, cualquier sombra de duda, devenia en denuncia, paralización, sanción.
Pasados dos trimestres, Bruselas confirmó lo que era un secreto a voces, estábamos en bancarrota como país, la confianza empresarial bajo mínimos, la deuda subiendo por el cariz de los acontecimientos, las medidas no se hicieron esperar, en un nuevo baño de multitudes, alcanzó el pleno poder apartando a sus socios socialistas a un lado, en un papel humillante, puramente de dar estabilidad institucional. Se dejó de pagar la deuda pública,y se inició el proceso de expropiaciones en aras de una mejora de los servicios básicos a la ciudadanía. La masa, lo jaleaba enfervecida, el amado líder anunció la pronta llegada de dos nuevos retoños a su ya poblada familia, fue necesaria una duplicación de sus emolumentos y las medidas de seguridad.
Los medios silenciaban la fuga de empresas, la proporción público privado empezó a degenerar en una peligrosa autarquía. Lo que no se pudo silenciar,es la fuga por cualquier medio a los países fronterizos. Las llegadas de barcos con migrantes pasó de ser un continuo a esporadizarse y finalmente revertirse ante la creciente inseguridad del país.
La paralización de las centrales nucleares, y la poca eficiencia de las renovables así como la falta de personal cualificado, hizo que el país tirarse de lo que más a mano tenia, desesperado en uno de los inviernos más fríos que se recuerdan, la masa arbórea tantos años protegida, empezó a mermar sustancialmente, se hizo uso otra vez del carbón, la emergencia energética al fin fue una realidad.
Los hechos se sucedieron como un castillo de naipes que cae, ni la desesperada ayuda internacional pudo hacer nada ante la magnitud de la catástrofe y la pasividad de los gobernantes, así pasaron casi dos años más, hasta que el canibalismo, hizo la situación insostenible, había que ir a por ellos.
Pablo, seguía mirando por la ventana, suspiraba por un fin que previa más tardío, apuró las últimas viandas exportadas directamente de países ajenos a nuestra catástrofe, entre acabar como Hitler y acabar como los jerarcas rusos, optó por el camino intermedio.