Hay varias rutas que llevan a fuentes que rodean el pueblo de mi abuela, no son rutas para verano, por muy temprano que las hagas, no es mucha distancia, pero la presencia de abundantes insectos, hace el camino poco agradable y escaso de sombras.
En el camino, como curiosidad, los restos de un palomar que abundan en estas tierras,se van recuperando, se tiene constancia de su importancia desde los orígenes del hombre como civilización, ya sea como alimento, o como portadora de noticias. Aunque no lo parezca, la sensibilidad, hace este tiempo el mejor de todos los vividos.
La recompensa de la caminata, es una fuente de aguas gélidas y este color de naturaleza,que no aprecias con el cansancio del camino. Paramos el tiempo justo de echar un trago de agua, refrescarnos la cabeza y volver antes que el sol fuese demasiado inclemente.
La vuelta, la hicimos a paso casi militar, sin hablar, concentrados en el ruido de nuestros pasos sobre los guijarros del empedrado camino. El escozor de las picaduras de los mosquitos, ajenos a mi cuerpo durante años, me hizo pensar en el porqué, vinculado a la mortalidad a la fragilidad que sientes a volver a estas tierras.
Llegamos en un suspiro, apenas media hora, en la casa nos esperaba el agradabilisimo microclima del adobe y el agua fresca de la nevera. Hicimos una visita al pueblo de las famosas mariquitas, villaornate, rotundo fracaso,ya no se amasa como nos informó un lugareño, una pequeña punzada de pérdida nos acompañó en la vuelta. Destacable por cierto el monte del duque , una dehesa en medio del secarral, aprovechando el excedente de agua de un ramal del canal de Castilla.
Al final nos esperaba Valderas, con una cerveza fría,aunque eso ya es otra historia.