Dentro de la interpretación del entorno percibido por el sujeto diario se proponen unas normativas de acción, de representación y de modos que se conjugan con su propia subjetividad, las cuales van enarbolando las imágenes paradigmáticas necesarias para la construcción de lo imaginario, como síntesis de constructos socio-culturales pertenecientes a un tiempo y espacio vivido, cuyo punto de partida es su instancia psíquica.
Por tanto, esas creaciones de los deseos del sujeto se configuran en la materialización de sus impulsos, procesos cognitivos y paradigmas representativos de la realidad entablados con el otro, con su semejante a través del lenguaje y sus unidades narrativas, las cuales le confieren la habilidad para reconocerse y verse en el mundo, y a su vez aceptarse dentro de la conformación de lo imaginario como norma imperativa –genética y socialmente impuesta – que establece los parámetros de ejecución en tanto a cómo el ser humano debe interpretar su existencia; una existencia abonada por manifestaciones históricas, donde lo social y lo cultural, anidan los constructos religiosos, morales, económicos, entre otros. Dicho de otro modo, lo imaginario es el proceso en el cual el sujeto “revaloriza el dominio de la imaginación simbólica hasta establecerlo como principio configurador de todo pensamiento (individual) y de toda historia (colectiva)” (Fernández, 2010: 267).
Ahora bien, Durand (2000) conjuga todas los elementos psíquicos, desde la antropología, como ciencia focal en la concepción de las dinámicas sistémicas, por ende, en el estudio del mismo sapiens, se comienzan a construir esos símbolos, íconos, mitos, ritos y manifestaciones propias de lo imaginario que están arraigadas en sus estructuras mentales.
Por consiguiente, tomando los postulados freudianos del psicoanálisis, se establece toda una alegoría de los constructos del sujeto, donde la psique, se apertura entonces como ese espacio particular en el cual se conciben y concluyen las unidades de lo imaginario; el yo, el ello y el superyó son metáforas de una dinámica societal, enraizada en juegos de contradicciones y condensaciones de códigos implícitos en su memoria histórica; el aparato psíquico es un tópico sociocultural de lo imaginario (Durand, 2000), que funciona como zona de enunciados para diagramar las combinaciones surgidas del sujeto en su vertiente físico, espiritual y psicológico conciliados en el objeto, como medio de entornos colectivos y espacios para su desarrollo vital.
De ahí la afirmación que hace Durand (2000) cuando explica que el ser humano -y paralelamente sus convecciones históricas, definiciones de vida y demás- no sólo es un sustantivo concreto propio o un sustantivo genérico, sino que es la fraguación de atributos, calificativos, circunstanciales, predicativos que constituyen ese pluralismo antropológico, que se desarrolla en un tiempo espacio determinado (p. 108).
Lo imaginario, dentro de la clasificación freudiana, se determina bajo tres modalidades en las que el individuo –sociedad– establece ciertos parámetros de acción dialógica, el ello, instancia primitiva es el “lugar que Jung llama el "inconciente colectivo", también llamado consciente específico, ligado a la estructura psicofisiológica del animal social. Es el dominio en que los esquemas arquetípicos suscitan "imágenes arquetípicas” (Durand, 2000: 113).
Por tanto, dentro de las sociedades el ello se manifiesta como ese impulso por establecer patrones y estereotipos como necesidad histórica de supervivencia, puesto que, en la repetición categórica de ciertos parámetros religiosos, culturales, etc, desemboca el nacimiento del mito, como narración “destinada a la persuasión, y que se basa en la acumulación obsesiva de imágenes, todo ello con una pretensión menos de convencer, intenta llegar al corazón y suscitar emociones colectivas”
A través de ese exaltamiento de emociones y establecimientos de códigos arquetípicos, que denotan un complejo bagaje de significados y significantes, surge el superyó social, el cual “tiende a organizar, incluso a racionalizar en los códigos, planes, programas, ideologías, pedagogías, los papeles positivos del yo sociocultural” (Durand, 2000: 114), es decir, este superyó codifica e institucionaliza normas de comportamiento social que responden a un constructo ordenado, moral, bajo los cuales el sujeto se define. Y este sujeto socio-cultural, el yo freudiano, como mediador activo entre el superyó y el ello, es quien decodifica “las imágenes simbólicas llevadas por el entorno, y especialmente por los papeles, las personae (máscaras) del juego social” (Durand, 2000: 113), donde estratifica, jerarquiza, modela los valores negativos y positivos, entendiendo que lo positivo es institucionalizado por medio de las relaciones de poder y lo negativo es lo marginado. Por ende, este yo relaciona ambos polos sociales para configurar esa divergencia entre el mito manifiesto y mito latente.
Finalmente, estas instancias psíquicas funcionan como megáfono de los constructos simbólicos que las imágenes han conformado en toda la unidad del pensamiento y de lo imaginario en el sujeto social.
Referencias:
Durand, G. (2000). Lo imaginario. Barcelona. España: Ediciones del Bronce.
Fernández, S. (2010). Mitos e imaginarios colectivos. FRAME. Revista en línea 6, Disponible: http://fama2.us.es/fco/frame/new_portal/textos/num6/estudios/13%20mitos_e_imaginarios_SamuelFernandez.pdf Consulta: 2011, Octubre 11.