Ha llamado Ana, la Catalana, dice que viene para ver a Robe en la feria, a ver si es verdad y nos comportamos todos muy bien.
En el colegio Rosa Moneno había un profesor de gimnasia que toqueteaba demasiado a las niñas y no sé si es el mismo que años después, cuando yo no estaba ya en aquel colegio, sino en Las Adelfas, tuvo problemas con la justicia por ese motivo. De la gimnasia que hicimos la que más me gustó fue cuando tuvimos que jugar con un lazo atado a un palito.
Mi primer novio fue Amancio, vivíamos en el mismo bloque de pisos y debíamos tener unos cuatro años. A veces iba a su casa y a veces venía él a la mía y en la mía nos escondíamos debajo de la camita y nos dábamos besitos. Una de las últimas veces que hicimos esto mi padre nos pilló y cuando el niño se había ido a su casa le contesté a mi padre que lo que hacíamos allí era recoger los juguetes. Amancio me regaló gusanos de seda y aprendí a criarlos hasta que una invasión de hormigas cometió un holocausto. Amancio tenía cinco hermanos más por lo menos, a uno le decíamos “gaviota”, se llamaba Javi, y se enfadaba por ello. Mi novio era el penúltimo de los hermanos. A veces tenía un “escalextri” desplegado por todo el salón y yo pensaba que era rico también porque su padre trabajaba en el aeropuerto y lo imaginaba piloto y además porque al año se mudaron al Parque Alborán que era más lujosillo que el bloque porque era una urbanización con jardines y tiendas y bares y “parking”, pero no era piloto, me enteré mucho después, era compañero de mi tío José, el del Palo, el que a veces me daba miedo solo mirándole a la cara. Una vez estaba con mi amiguito en el “descampao” y pensé que si me quería que me trajera un ramo de flores y se marchó y volvió con un inmenso ramo de vinagretas, a algunas les chupamos el tallo. En el campito también degustábamos los panecillos, una parte de una planta, y con mi hermana y algunas amigas, sobre todo Alba y Celia, recogíamos escarabajos para que los niños no le hicieran la corbata, es decir los descabezaran, o los arrojaran a la carretera a ver cuántos llegaban al otro lado que, los muy sanguinarios, aun así, a los que sobrevivían los volvían a martirizar.
El Parque Alborán está a unos quince minutos paseando desde el bloque, pero para unos niños de seis años aquello era un mundo así que no volví a ver a Amancio hasta los once o doce años cuando pasó por la calle del bloque y me pilló jugando al elástico con niñas de nueve, qué vergüenza. La siguiente vez fue pasados dos años de lo del elástico, cuando yo estaba en segundo de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), hoy la ESO (Educación Secundaria Obligatoria), y él entraba en primero e iba yo con las chavalitas con las que me juntaba y sus amigos gritaron mi nombre y ellas me preguntaron que por qué lo sabían y conté la historia y ahí se acabó todo hasta siete años después que saliendo algunos fines de semana por la noche, con mi amiga Rita, me lo encontraba frecuentemente con su novia en un bar de toda la vida que está por la Plaza Uncibay, en una taberna, y no nos decíamos nada y la última vez fue después de unos diez años, hace cinco o seis, que fui a un centro comercial y lo vi comprando unos juguetes y pensé que serían para sus hijos. Su madre era una de las amigas de la mía.
Otra amiga de mi madre vivía en la séptima planta pero también se mudó, tenía dos niños y uno, el Manolito, me hacía a veces de rabiar: no quería que subiera por las escaleras para ir a mi casa, por ejemplo, quería pelea, y yo entonces le comía la cabeza, o sea empezaba preguntándole el por qué de aquella actitud y llegaba el punto en el que el niño se cansaba y me dejaba subir, o bajar, sin haberme tocado. Esto es lo que salvó a mi hermana de las garras de una chusmeta, Begoña, que entrando en la adolescencia le dio por Beatriz, por querer pelear con ella, e interferí para que no llegaran a las manos ni la sangre al río preguntándole a la chavala si sabía lo que era un reformatorio y explicándoselo.