A mi hermano, Benigno, mi abuelo le llamaba “Risitas”, porque de bebé sonreía mucho. Así aparece en una foto donde está en su cochecito, con dos o tres añitos, en la piscina de la base militar adonde íbamos en verano con mis primos, todos niños –las niñas éramos solo mi hermana y yo-, cerca de Torremolinos. Olía a pino, como por donde ahora vivo. Allí aprendí a jugar al ajedrez y dejé sorprendidos a todos cuando no había quien me ganara. Esto me llevó a presentarme, con diez años, al campeonato de quinto de EGB (Educación General Básica), hoy Primaria, a ganar la medalla de oro y con once la medalla de bronce, jugando contra toda la segunda etapa. Ese año la medalla de oro fue para un chico de octavo y la de plata para otro de séptimo. Cuando ganaba a mi padre, me pedía la revancha que yo rara vez concedía y mucho menos si el ajedrez había salido volando por los aires al aceptar así la derrota.
Rober pasa estos días viendo las olimpiadas, también sale al balcón, lee algo… Se alegró de ver su foto en el periódico de la provincia, como siempre que le sacan.
Me he dado cuenta de que no he contado nada de mi tía-abuela materna, Pastora, hermana de mi abuelo, que también participó en la crianza de mi madre y sus hermanos. Pastora se casó con Antonio y tuvieron una hija, Teresa que a su vez se casó con un hombre que se dedicó al negocio de los tragaperras en un momento de auge y dieron tres nietos a mi tía-abuela. Antonio murió como Paco, el marido de mi tía paterna Almu, que era mi padrino, de cáncer de pulmón y este todavía pedía un cigarrillo cuando estaba entubado. Murieron cuando yo estaba fuera de Málaga.
Yo sí estaba cuando murió mi bisabuela porque fue al poco tiempo de dejar ella el piso. Se instaló en Eugenio Gross, en el piso de mi tía-abuela, que lo tenía inmaculado y donde alguna vez me deleité con una “maicena”, una dulce crema de harina de maíz. Mi madre lo sintió en el alma y dejó de creer en los fantasmas porque pedía que se le apareciera su abuela, la que le había cuidado como una madre, y nunca sintió “na”.
Mi tia-abuela y los suyos fueron los primeros de toda la familia que se compraron una segunda casa, en La Cala, un chalecito adosado donde vi las primeras bellas calas y donde me escabullía hasta su dormitorio para abrir una cajita de porcelana fina donde guardaba peladillas. En una calle paralela compraron otro chalecito adosado mi tía María y Jerónimo, los de Madrid, años después.
Una tarde que habíamos echado el día en la playa del Peñón del Cuervo, estos que he mencionado más la familia de mi tío Jacinto, me cogieron mis primos Daniel y Emilio contra el suelo e incitaron al pequeño Carolo a que me tirara una piedra en la cara acusándome de bruja. Otra vez no me ahogué de milagro porque estábamos alrededor de una roquita y de repente un pulpo me agarró del tobillo y tiraba de mí hacia dentro, hacia las profundidades, y mi tío se dio cuenta de que mis manitas ya no tenían más fuerza sobre la roca y atrapó al pulpo con un arpón. Y otra vez hicimos con cañas un chambao que unos guiris fotografiaron porque no era como un tipix era un chambao propiamente dicho y ese día mi tío Jacinto acabó lleno de púas al ir a coger chumbos.
Cuando íbamos a la Carihuela, mis tíos y mi padre se iban a dar una vuelta por la orilla a ver a las que hacían top-less y luego al chiringuito a tomarse unas cañitas.
A Torremolinos una vez vinieron mis primas, y no Daniel ni Emilio, y nos hicimos una foto con un león cachorro y un mono vestido y yo salgo con la cara de asustada porque el león, que tenía entre mis brazos, fue a darme un zarpazo. Tendría unos doce años… el león unas doce semanas.