PRISIONERA
Abro los ojos febrilmente, estoy en una habitación en la que nunca he estado pero de la que sospechaba su existencia. Una de mis manos esta esposada a la cabecera de la cama, la otra… la otra esta vendada, me hacen falta los últimos dos dedos. No puede ser, esto tiene que ser una pesadilla, sabía que estaba en peligro pero no tenía idea de la magnitud. Me contorsiono, un dolor agudo como el de la electricidad me recorre todo el cuerpo y tensa mis músculos. Intento doblar las rodillas pero algo duro y costroso me detiene, es doloroso y arde.
Quisiera recordar la forma en que llegue aquí, pero lo último que recuerdo es haber tocado la puerta de mi carro.
Se escuchan pasos sobre el piso de madera, la puerta frente a mí se abre, entra una pareja impecablemente vestida. Ella sonríe con un encanto propio de una dama, él me mira con condescendencia de una forma educada y formal. Alivio, tranquilidad, protección, es lo que debería sentir si no supiera quienes son, pero lo sé. Ellos son quienes me han hecho este daño, ellos me han secuestrado.
―Hola Aurora, que bueno que ya estés despierta, necesitamos respuestas de inmediato así que nos urge empezar―.
Aurora no es mi nombre, y por “empezar” ella se refiere a una sesión de torturas, lo sé por los instrumentos quirúrgicos que está organizando, lo sé por el suero que está entrando en mis venas, lo sé por el tétrico estado en que me encuentro y como me siento, me embarga el miedo de no poder soportar sea lo que sea que me vayan a hacer.
Grito, aunque no genero sonido alguno ¿me cortarón la lengua?... no, no lo han hecho, puedo sentirla, pero ¿porque no puedo gritar? Trato de salir de la cama donde estoy postrada pero una correa apretada a mi pecho me detiene.
―¿Estas segura que quieres pasar por esto, por unos niños que ni siquiera conoces?― me pregunta el hombre, su voz es tan serena que entiendo con ello, está muy acostumbrado a este tipo de situaciones.
Pienso en los niños, ellos han sido sus víctimas todo este tiempo. El dolor de su pesar me da fuerzas para resistir. Sé que ahora están en un lugar seguro, protegidos y recibiendo ayuda, porque sí los conozco, soy su maestra y no permitiré que estos depravados les vuelvan a hacer daño, aunque tenga que morir para evitarlo.
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UN AFECTUOSO SALUDO.
MARIANA A.A
Autora del Libro Cristales Rotos en Amazon