Tengo una vecina la cual envidio. Su jardín colinda con el mío de manera que me permite husmear su vida sin que se dé cuenta. Por los visillos de las cortinas la miro cuando llega con sus dos hermosos hijos, bien educados, de buenos modales, obedientes y de gran finura, al contrario de los míos que son unos zagaletones desordenados, de pésima educación, mal hablados vagos y groseros. Mis tres hijos varones son lo que llamaríamos, “unos buenos para nada”. Mi marido obstinado de mí y de mis repelentes hijos, se buscó a otra que es precisamente mi vecina.
La pérdida de mi marido me ha dejado en un estado deplorable. Las bajas pasiones me están dominando y por más que me esfuerce por deshacerme de estos sentimientos no puedo, es más fuerte que yo. Tengo que reconocerlo, soy una envidiosa, una resentida.
Cansada, agotada de tanta mala intención, comienzo a analizarme, a hacer un recuento crudo y desnudo de mis sentimientos y llego a la conclusión de que lo mejor es ir a donde los brujos para que me ensalmen y me hagan una contra.