El hueso de la abuela
Desde el pasillo se ve la silueta encorvada sentada en la vieja poltrona. Está ahí, exánime, parcialmente ciego y sordo. No obstante, su voz está bastante fuerte. Los viejos son así, supongo.
Las coyunturas de la figura enjuta crepitan en cada movimiento; tiene la irascibilidad típica de la senectud que llega con la enfermedad mental. Sus facultades reducidas a unos pocos movimientos, algún ademán en desprecio y constantes exclamaciones de espanto:
—¡Sáquenme de aquí!
Se queja y se queja. Por suerte, jamás podrá abandonar la silla. Afortunadamente, las ventanas dobles impiden que los vecinos oigan su locura. Pero yo ya no lo soporto. Va casi un mes. Jamás dijeron que sería así.
Todo comenzó hace tres años, cuando fue diagnosticado con esta enfermedad traída por el diablo. Empezó a olvidar cosas. A los pocos meses ya no nos reconocía. En un par de ocasiones lo encontramos tocando a la niña. Verónica no entendía qué pasaba, pero sabía que estaba mal; lloraba todo el tiempo. Hubo que llevarla al psicólogo. También ocurrió que en un arranque de furia le quebró el cuello al gato; fueron más de treinta minutos que el viejo lo intentó antes de conseguirlo, mientras nosotros escuchábamos los chillidos de dolor detrás de la puerta del baño, sin poder hacer nada por el animal desgraciado; imposible tumbar aquella puerta. El maldito viejo no tenía un rasguño en la piel requemada de sol de ciento tres años, cuero de reptil; el pobre animal se había dejado someter, manso, y luego fue tarde para él. Fue cuando decidimos sacarlo del cuarto y ponerlo en el sillón, a la vista de todos. Esperábamos (deseábamos) que muriera pronto, pero pasaban semanas, meses, un par de años. ¡Hasta cuándo viviría!
Cuando apuñaló a la abuela ya fue demasiado. Esperamos que terminaran los nueve días de rezo. Conversamos sobre visitar a El cubano —que no es cubano, por cierto; solo le dicen así—. Decidimos esperar un mes antes de hacer cualquier cosa. Treinta días después, hicimos lo propio. Clemente, (El cubano), nos explicó todo con detalle; todos los que habitábamos la casa debíamos participar en el ritual.
Así que al día siguiente, después de haber comprado el silencio y la mano de obra del celador con una botella de ron Florida y una noche con Rainbow Exquisita (un transformista famoso en la plaza del centro), allí estábamos, un corro funesto. Jamás vi un hombre abrir una tumba, pero este seguro había sido veloz. Era evidente que quería llegar a tiempo a su cita.
Había que sacarle un hueso a la abuela; pensamos en una costilla, algo pequeño y que no se notara, pero cuando estuvimos manos a la obra, el estómago solo nos dio para cortar parte del dedo meñique y huir. Se lo llevamos al cubano.
Siempre pensé que hubiese sido más fácil simplemente matar al viejo. Pero hay cosas en las que reparamos innecesariamente por hipocresía o pudor. Así que hubo que sumergirlo todo en una marisma de protocolos y rituales, lo primero para sentir que fue algo, digamos, democrático (la culpa a cuotas equivalentes), y lo segundo, para hacerlo ceremonioso, ajeno, llevadero.
Fue un lunes cuando cortamos el dedo a la abuela. El martes El cubano preparó todo. Dimos de comer la pasta que nos entregó al abuelo en el almuerzo. Desde entonces está así.
Esto no es vida. He mandado a la niña y a Fátima con una tía. Me he quedado a matar al viejo. Eterna ironía; al final terminas haciendo lo que en principio te hubiese ahorrado tantas molestias.
Lo he asfixiado, ahogado. Cercenarle la lengua solo lo hizo peor. Es un hecho, no se puede matar.
Hace días, desesperado rompí mi promesa de no volverlo a contactar y busqué a Clemente, pero había salido huyendo hacia Brasil a los pocos días de nuestro arreglo. Así que no tengo a quién acudir. Nada le hace daño al viejo; está poseído por algo.
Desde el pasillo veo la silueta encorvada sentada en la vieja poltrona. Está ahí, exánime, parcialmente ciego y sordo. No obstante, su voz está bastante fuerte. Los lamentos son insoportables desde que lo dejé sin lengua.
Se puede intuir en la concatenación de vocales un “¡Sáquenme de aquí!”. Y lo más aterrador, lo que hoy no me deja dormir y me tiene aquí, tirado en el pasillo, pasmado, observando al viejo decrépito retorcerse desde adentro, como si algo lo quisiera abandonar. Parece decir, si no me equivoco, “¡Devuélvanme mi dedo!... ¡Sáquenme de aquí!”
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"El hueso de la abuela: El misterio desvelado".