― ¡No! ―gritó don Zarigüeyo angustiado, al no encontrar los colores que siempre había usado, al parecer se habían marchado, porque el verde sonrió sarcástico.
Waldo Aurelio siempre es pensante, porque tiene años de aprendizaje, es el más viejo de la manada, quien da soluciones acertadas.
―Deja el drama nariz rosado, todo puede ser solucionado, siempre habrá salidas bellas, para colorear lo que en la mente tengas.
Don Zarigüeyo seguía gimoteando, parecía un alma penando, Waldo trajo unos granos para enseñarle un arte innato.
―Con el maíz haremos un sol, que dé a la hoja calor, será amarillo como el verdadero, nadie notará que de colores no está hecho ―dijo Waldo entusiasmado, mientras don Zarigüeyo miraba incrédulo y comía con desesperó, una galleta de color negro.
El perro viejo siguió dibujando con esmero, moldeo un hombre esbelto que tenía ojos tiernos.
El Zarigüeyo se admiró del trabajo hecho, se entusiasmó con los colores nuevos, que no tenían forma de lápiz, pero servían para dibujar hombres elegantes.
―Quedan tan bien, que hasta animación puedes hacer― ladró el perro, mostrando el video hecho.
El marsupial su silueta realizó, con frijoles el tono rosa otorgó, parecían almas gemelas, ahora habían dos zarigüeyas.
El impaciente animal había aprendido, que se buscan soluciones en vez de martirios, todo tiene solución en esta vida, incluso los colores que se fueron tras la vecina.
Así termino esta historia, con un corazón dibujado en la hoja, demostración de la amistad verdadera y de que las soluciones siempre están cerca.