Cuando era pequeña, viajábamos mucho a Popayán, una ciudad ubicada a 5 horas de Pasto, conocida como la ciudad blanca de Colombia, por la arquitectura colonial. Mi familia es de allá, por eso los constantes traslados.
Durante el viaje, mi hermano y yo nos recostábamos cada uno en una ventana y adivinábamos la forma de las nubes. Mi hermano con el tiempo se volvió demasiado serio, jamás volvimos a jugar.
Pero yo, que también crecí, nunca he dejado de mirar el cielo, y las formas que regalan las nubes, con sus movimientos impredecibles, algunas veces piensas que se van a juntar, y de repente se estira y pum, una nueva figura.
Les comparto mis nubes, cargadas de agua, de gris, de viento sutil; mis nubes llenas de movimientos encantadores, que cantan con el soplo y con el aguacero.
Parece un hombre de otro planeta, cargando un bebé de tierras ajenas, hay paz en el ambiente, que bonito se ve sonriente.
La mano del gigante, ha tomado algo, no sé bien qué será, pero ya no volverá. ¿Sabías que en el cielo hay gigantes?, algunas veces comen pan, otras veces fresas con chocolate.
Un perro estaba volando, divisando que nada raro estuviera pasando; unos peces de río fuerte le gritaron, para que les trajera lluvias en verano.
Un cielo con abismos, esconde peces bonitos, no necesitan aletas, porque el viento los lleva.
Un caballito de mar se ha extraviado, dicen que lo vieron en el cielo mojado, parece que busca una guardería, porque no quiere cuidar a sus crías.
No sé qué sea él, pero se ve bien, parece dócil, aunque se comió los rinocerontes. Por eso se extinguieron algunos, no por el hombre, sino por el monstruo enorme.
Un canino nuboso, comiendo hueso pomposo; ahora los incrédulos no podrán dudar, que el cielo esta lleno de los perros que se han ido.
Aunque he visto nubes fantásticas, el cielo aún no me regala, tres formas anheladas.
Si alguna vez ha leído mis publicaciones, posiblemente los reconozca, suelen ser peluches, pero le diré que uno es real, otro existió y un tercero es solo imaginación.