Andaban de paseo, los amigos de lo ajeno; observaron un palo, lleno de tomates de árbol.
Pensaron en hacer jugo, porque el calor era maluco, estaban muy elevados y los tres eran enanos.
El sol brillaba sin mesura, se miraban con pregunta, ¿quién será el avispado, que logre trepar el árbol?
En la calle los carros pasaban, nadie imaginaba lo que tramaban, dejar sin tomates, un palo del parque.
Waldo se asustó porque sus patas no están mejor, Don Zarigüeyo y Macaco dialogaban para solucionarlo.
―Ve tu raposa loca, que con tu cola las ramas soportas, lanzalos desde lo alto, que yo los recibo aca abajo.
La raposa se quedó pensando y de la nada soltó el llanto, era muy miedosa, para trepar por una rama sola.
Macaco se conmovió con el gimoteo, le dio pesar del zarigueyo, por eso le pasó una cuerda, y le dijo que no se soltara de ella.
El marsupial no entendía, no sabía que pretendía, agarro la cuerda con fuerza y cerró los ojos con vergüenza.
Diez minutos después, cayó un tomate sobre él, miró hacia el cielo, y vio a Macaco sonriendo.
―Atrapa los tomates, que haremos jugó para el martes, Waldo se pondrá contento porque le fascina el refresco.
Volvieron a casa para sorprender a Waldo, Don Zarigüeyo se secó las lágrimas y agradeció cantando un vallenato:
solamente pa´que vivas tú.
Despues le pongo un letrero bien grande
con nubes blancas que diga Andaluz.
Así son los amigos verdaderos, se apoyan en todo momento, no importa que sean diferentes, porque es el corazón el que siente.