Caminaba sin rumbo fijo, porque tenía sueño el pobrecito, era media noche, se olía la luna sin amores. Debía ser cauteloso, para que no lo escucharan los osos, ni tampoco el Zarigüeyo que tenía mucho sueño.
Dejó un fantasma naranja, que volaba sin alas, no hacía ruidos extraños, tampoco maldades a humanos.
Pobre espectro solitario, en la casa del Zarigüeyo lo han abandonando.
El de la nariz rosa bajó, con hambre sin pudor, quería buscar en la cocina, comida que estuviera limpia.
Sobresalto dió, al ver el espectro elevarse del suelo, era magia de cumpleaños pero no se veía al mago, ni un conejo del gorro escapando.
Lo mira, lo revisa, da la vuelta y nada raro encuentra, es solo un inflado que vuela por el hélio guardado.
Sorpresivamente el animal saltó, con su cola se agarró y en el globo se contoneó, el quería aprovechar las alturas para sentir la brisa pura. No hubo miedo ni suspenso, solo un divertido juego entre el volador y el Zarigüeyo.
Una broma del aparecido se transformó en un espacio bonito, donde el raposo no se dejó atormentar, más bien transformó la realidad en un bonito volar.
¿Entonces qué harás cuándo lleguen los problemas?
Como hizo don Zarigüeyo, debes tomarlo con fuerza y convertirlo en cosas buenas. Nada puede ser tan oscuro si lo alumbras con un fósforo suertudo.
Créditos texto y fotografía: Margarita Palomino.