Quisiera ser jabón, para limpiar tantas nostalgias,
de pronto una guacamaya para volar cuando te vayas.
Quisiera ser olor a salobre manglar,
para que las almejas no se quieran marchar.
Es un día frío y lluvioso, un día común en mi pequeña ciudad, iba caminando con Tequila y una señora de avanzada edad se quedó inmóvil mirándonos transitar. Cuando junto a ella pase, me habló de su condición.
―Yo vivo con una perra y un gato, es que yo soy sola, no tengo a nadie― sus ojos se pusieron llorosos y mientras la cabeza giraba para seguir su camino dijo ―y mi perro hace veinte años que murió.
La viejita se marchó y a mi también se me fraccionó un pedazo de corazón, ese minúsculo pedazo que mantiene el deseo de encontrar una compañía sincera, porque debo reconocer que hace algún tiempo decidí que me quedaría sola, sin embargo, siempre se guarda la esperanza de tener con quien leer un libro bajo el árbol de cerezos, quien te de los buenos días cada día, quien baile el carapicho para que te rías, es que soy romántica y soñadora.
Pero llegó mi lado oscuro nuevamente y dijo ―déjate de pendejadas y compra chocolates ―así que tengo chocolates por si alguien quiere venir de visita antes de que me los coma todos.