La mente tiene un trabajo: producir pensamientos. Y ese trabajo lo va a hacer, no se puede detener. Cuando nuestra mente entra en un pensamiento recurrente, se desobjetiviza, se obsesiona, y el cerebro no encuentra vías de expresión.
Es lo que ocurre, por ejemplo, con los celos o con las adicciones (alcohol, drogas, ludopatías, etcétera).
Es muy fácil confundir la mente con los pensamientos, y más fácil todavía confundir la mente con uno mismo: su dueño.
Uno no es su mente.
La mente produce pensamientos buenos, malos, racionales, irracionales, positivos, negativos, absurdos, sensatos, etcétera. Es algo que sucede sin que uno pueda evitarlo. No se puede frenar ni controlar.
El trabajo de la mente es producir ideas. El trabajo del dueño de la mente —nosotros— es elegir las que son positivas y descartar las que no lo son.
En realidad, el juego es muy sencillo… La mente está a nuestro servicio y producirá el tipo de pensamientos que vea que más nos gusten. Y nos gustan los que elegimos, lógicamente.