Es muy fácil comprender a quien todo lo ve oscuro porque quien más quien menos todos hemos estado ahí.
En esos momentos uno duda de sí mismo con la facilidad con la que respira, y le falta el aire. Y entonces duda de los demás, y duda más de sí mismo. Y ese bucle infernal oscurece el mundo más y más hasta que cualquier cerilla parece un sol. Pero las cerillas se apagan, se consumen, y vuelve otra vez la oscuridad, con más fuerza. Algún ser querido nos da algún chispazo. Y lo agradecemos como agua en el desierto. Pero ese chispazo no dura mucho. Y vuelve la oscuridad. Qué desesperación. Algún ser querido más generoso, más inteligente, nos proporciona una vela. Pero también se consume.
Al final, comprendemos que la luz ha de proporcionársela uno mismo. Ha de surgir del interior. Cuando se aprende eso, hemos dado un paso de gigante en nuestra vida.
¿Cómo se genera luz? Situando a las personas por encima de las cosas. Se genera luz poniendo el acento en lo que nos une a nuestros semejantes en lugar de ponerlo en aquello en lo que nos separa. Se genera luz transgrediendo los moldes en la comunicación, dejando fluir las palabras de cariño sin recatos, afecto sincero, sin cortapisas. Se genera luz cuando no nos encastillamos en posiciones que nos enfrentan y, por el contrario, reforzamos lo que produce armonía y concordia…
Y así hasta que uno ve por fin que si internamente genera luz, esa luz se transmite fuera.
Hasta que uno ve que por muchas barreras que haya en el camino entre la mente y el corazón, están unidos en lo profundo.