Si uno examina la relación de hombres y mujeres encuentra numerosos rasgos que vienen marcados por la vida de la especie humana en la prehistoria y en la antigüedad y que están en mayor o menor grado presentes en la actualidad, ya que la evolución cultural —que se extiende a partir del siglo XVI— no los ha disuelto por completo.
Así pues, este breve artículo ofrece una visión del pasado y también, en cierta medida, una descripción del presente.
En la prehistoria hubo un tiempo primitivo en el que imperaba un sentido de la magia femenina, en tanto en cuanto la mujer era la proveedora de vida y eso la vinculaba a las fuerzas mágicas y desconocidas de la naturaleza. Hemos de pensar que durante el transcurso de cientos de miles de años no se asociaba el embarazo al acto sexual. El nacimiento de un niño era un hecho misterioso. En ese tiempo existió un poder únicamente femenino basado principalmente en la superstición y la ignorancia.
Posteriormente a ese matriarcado ancestral, siguió el patriarcado del mundo antiguo, conformado bajo el poder masculino. En aquellos tiempos, el hombre es quien conquista territorios en los que hay caza y grano, con los que garantizar la supervivencia. Es la época de un poder masculino marcado por el miedo y la violencia.
Algunas de las características de esos tiempos pasados siguen presentes en nuestros días. La maternidad era una desventaja clara en la lucha por la supervivencia ya que el cuidado materno limitaba a la mujer en las actividades de defensa de la tribu. La cultura contemporánea no ha disuelto esa visión ancestral, que todavía sigue presente.
Las mujeres crearon, sin quererlo, su propia dependencia del hombre a través de la admiración y exaltación del guerrero, que elevó el ego del hombre al tiempo que reducía el de la mujer, y la volvió más dependiente. Todavía hoy día el uniforme militar atrae poderosamente las miradas femeninas.
La mujer se vio en la situación de compensar esa debilidad y desarrolló otras habilidades. Se volvió más conservadora que el hombre porque tenía más que perder en un mundo dominado por la fuerza y la violencia, un mundo en el que el hombre era superior a la mujer tanto en el campo de batalla como en la caza.
Además, las mujeres siempre han tenido que trabajar más que el hombre. Especialmente fue así en la vida en el campo debido a la creencia que las mujeres podían hacer crecer mejor las plantas, en una analogía que las vinculaba, como madres, a la madre tierra, proveedora, como ellas, de vida. En algunas tribus atrasadas, no hace mucho, el hombre cocinaba la carne y la mujer los vegetales. Incluso actualmente, en la sociedad estadounidense, las barbacoas son algo de lo que se ocupa el hombre.
Un hito en la historia de la humanidad fue la esclavitud, que supuso un avance moral, en tanto en cuanto ya no se exterminaba al enemigo vencido, y también un avance cultural, ya que el hombre esclavizado se utilizó por sus captores para trabajar la tierra y así se superó una vieja superstición al comprobarse que los hombres podían ocuparse de la agricultura tan bien como las mujeres. Las plantas crecían igual.
Paradójicamente, y aunque suene extraño, la esclavitud entre hombres fue el detonante de la primera liberación de la mujer.
Hasta los tiempos más modernos, la mujer ha sido la verdadera productora. El hombre ha elegido usualmente el camino más fácil, ya que estaba desvinculado de la crianza de los hijos. Esta desigualdad ha existido a lo largo de la historia. La mujer se ocupaba de las propiedades de la familia y atendía a los hijos para que el hombre tuviera las manos libres para guerrear o cazar.
Hoy día, la mujer tiene una actividad menos aparente que el hombre, desde un punto de vista social. La tradición religiosa —o mitológica— medieval, de tradición judía y cristiana, dice que cuando el hombre fue creado, fue masculino y a él se le insufló el alma, y después surgió la mujer como una continuación o apéndice, pero no se dice nada de que también se le insuflara alma. Esto dio pie a que el hombre tuviera en su poder capacidad de decisión, mientras que la mujer sólo podía obedecer. Esta concepción está aparentemente desterrada en occidente. Aunque sigue vigente de modo explícito en las sociedades teocráticas, cada vez con menor fuerza debido a la influencia occidental en esas sociedades.
Desde un punto de vista arquetípico-simbólico, la información que anida en el subconsciente es que lo masculino es la fuerza creadora y lo femenino es la fuerza desarrolladora de lo que crea lo masculino.
Sólo el camino de la cultura y el conocimiento pueden disolver las tradiciones basadas en la superstición y la ignorancia. Pero ese camino, como todos, es gradual. Para superar viejos paradigmas y concepciones anacrónicas en la relación entre hombres y mujeres, el objetivo sería fijar el concepto de "complementareidad" que implica, al mismo tiempo, igualdad y diferencia.
El primer paso para fijar esta complementareidad sería reconocer en qué son mejores las mujeres que los hombres y viceversa, ya sea por práctica durante milenios, ya sea por predisposición natural. Y aprender unos de otros.
Y para acabar, un símil: sólo se produce la luz que genera un enchufe en la corriente eléctrica si se introducen los dos polos por igual y si esos dos polos son opuestos en polaridad.