Muchas veces se habla —hablamos— de la verdad, de si es posible encontrar la verdad, de si la verdad existe, de si no hay verdades absolutas… Es curioso observar que cuando decimos “todo es relativo” estamos, sin darnos cuenta, afirmando algo de modo “absoluto”. Irónicamente, es un enunciado que se refuta a sí mismo.
¿Qué es la verdad? Cuando nos resulta difícil afirmar un concepto podemos acudir a su negación, a su opuesto. Así, existe un modo más sencillo de definir —de saber— qué es la verdad. ¿Qué es lo opuesto a la verdad? La mentira.
Cualquier cosa que sea mentira no es verdad. Entonces, ¿existe la verdad? Sí, es lo contrario a la mentira. Ésta es una verdad de Perogrullo
Pero pensar sólo eso sería incompleto. También se puede oponer a la verdad el error. A diferencia de la mentira, el error no conlleva intención —o consciencia— de estar faltando a la verdad. Simplemente una cosa no es verdad porque es errónea. Sin más. Nuestro amigo Perogrullo estaría de acuerdo.
Aunque probablemente la peor forma de “no-verdad” —o “anti-verdad”— sea la confusión. ¿Por qué es la peor? Pues porque seguramente es más fácil detectar la mentira, o evitar el error, que aclarar la confusión.
Por eso los buenos “enemigos de la verdad”, los profesionales del engaño, del cinismo y la hipocresía, no utilizan la mentira, utilizan la confusión. Parafraseando la cita bíblica, podemos decir que si la verdad nos hace libres, la confusión nos esclaviza.
Por lo tanto se puede concluir que si del error se sale con más facilidad que de la confusión, y la mentira se detecta con mayor facilidad que la confusión, sin duda el peor enemigo de la verdad es la confusión.
Inversamente, el mejor amigo de la verdad es la claridad, que es una forma, accesible para todos, de ser honesto, especialmente con uno mismo.