Es la primera vez que te escribo... supongo que no estaba lista, siempre has sabido que las letras para mí son mucho más. De pequeña solía dibujarte, cuando te fuiste no me quedó más que hablarle a la luna como si fueras tú, no sé si fué mi locura, mis ganas de escucharte o la extraña realidad, pero juro que en los peores momentos respondías mis sollozos.
Las palabras que en algún momento te quise decir
se fueron volando para tratar de alcanzar
alguna estrella donde ahora estoy segura que habitas,
he tratado, sin cesar, de convencerme de la realidad,
pero bien sabes
que odio la verdad junto a sus sinónimos,
al menos si de ti se trata.
Quizás solo no estoy dispuesta a recordar que por las mañana no estarás allí, sentada en el mismo mueble de siempre, con la misma vieja música, repitiéndose una y otra vez, sonriendo a todo el que pase por allí, sin motivo ni razón, o que por las tardes no te encontraré en el jardín esperando por alguien que quiera escuchar cientos de historias de una vida que fue vivida en su máximo esplendor, o quizás solo lo decías así para hacerme pensar que la vida sí era linda, o al menos eso pienso ahora, porque ya no estás aquí y me doy el lujo de dudar de la belleza que reside en este pequeño punto de la historia al que llamamos existencia.
Solo espero que al anochecer de mi vida
pueda verte allí una vez más,
sentada en tu habitación, con agujas de tejer,
pero esta vez, espero no verte como la última,
con los ojos medio abiertos y brillantes,
postrada en una cama nostálgica y fría ,
apenas emitiendo pequeños sonidos al escuchar mi voz,
mirándome, como pidiendo ayuda,
como gritando en silencio para que te salve.
La imagen pertenece a Rawpixel en Unsplash.
¿Recuerdas aquella noche cuando estábamos sentadas en el jardín y me dijiste que al partir, las almas brillaban en el cielo? Aún espero que, un día, mi alma brille junto a la tuya, quizás ahí podamos volver a estar juntas, abuela.