Camila solo quería llegar hasta su instituto a tiempo, pero se paraba fascinada a ver la sincronía que había entre la naturaleza en esa mañana tan diferente.
De la nada se ilumina el cielo con un relámpago y segundos después es acompañado de un estruendoso trueno que la deja paralizada un momento. Decide apurar la marcha ya que todo el cielo se puso gris instantáneamente.
Camila decide acortar camino por un viejo parque y justo cuando estaba llegando un inmenso aguacero comenzó, no le pareció inconveniente y solo abrió su paraguas, pero el chaparrón era tan implacable que dañó a su paraguas plegable. Era una tormenta tan intensa que no se podía ver el camino.
“Pero que hermoso, jamás me había detenido a pensar en lo hermosa que es la lluvia, solo me quejo de ella”.
Ya había pasado un largo rato y Camila se tumba en uno de los bancos que había a mirar el techo, cierra los ojos y solo se limita a escuchar todos y cada uno de los sonidos que la naturaleza le estaba brindando en ese momento y se sonríe como quien sabe que está por pasar algo maravilloso.
La lluvia pegando en aquel techo era un sonido bastante relajante y le hacía bastante falta a Camila relajarse debido a que pronto comenzaría sus exámenes finales.
De pronto todo se calmó, las nubes se disiparon y los primeros rayos de sol comenzaron a aparecer. Camila abre los ojos y observa como la grama comienza a absorber el agua y los pájaros cantan de alegría, coge sus cosas y sigue su camino al instituto. Mientras caminaba ve un charco gigante y se asoma en él viendo su reflejo, se queda mirando unos cuantos segundos a lo que dice en voz alta:
-Gracias querida lluvia y naturaleza por dejarme ver un pedacito de tu grandeza.
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