(Fotos Propias)
La mañana llegó con el usual sonido del despertador, aquel aparato que la mayoría del tiempo quisiera que no existiera.
―Otro día más ― dije entre dientes.
Me levanté a hacer el desayuno para ir a trabajar como todos los días, afortunadamente para mi desgracia mi jefe pensaba que no me encontraba en condiciones para ir a la oficina, por lo cual ahora trabajaba medio tiempo.
A veces pensaba que era estupendo poder tener ese tiempo libre, pero ya no importaba pues ya no tenía con quien compartirlo.
Cuando llegue al trabajo la primera persona en saludarme fue mi secretaría, mostrando sus despampanantes pechos como si estuviera urgida de atención, como me gustaría despedirla.
―Buenos días señor Tucker. ¿Quiere que le traiga su café?
―Sí, muchas gracias― Después de todo para eso es para lo único que sirve, pensé para mis adentros.
Lo que más me gusta del trabajo es que no me da tiempo de pensar, simplemente finjo que nada pasa hasta que por un instante mis ojos miran fijamente su foto en mi escritorio. Sí, se podría decir que ella me hizo vivir intensamente y sentir el dulce sabor del amor, cada vez que veo su foto recuerdo esos momentos en que la hacía reír, recuerdo sus labios, sus gestos, su olor, todo… como quisiera estar con ella de nuevo.
Cuando terminó mi turno fui de nuevo al apartamento y apenas entre por la puerta una tierna voz atrapó mis sentidos.
― ¡Por fin llegaste! Te tardaste un mundo en regresar.
Aquel pequeño niño de ojos café y de terrible temperamento debo decir era la única emoción que le quedaba a mi vida.
― Quiero salir a dar un paseo ¡Vamos! Anda ¿Si?
― Esta bien, de todas formas necesito caminar.
Mientras caminábamos por Los Próceres mi mente comenzaba a divagar en el trabajo que tenía que hacer para el día de mañana, en las deudas que tenía que pagar y en el absurdo pensamiento que tenía desde hace unos días:
Si ya no tengo a nadie a quien le pueda importar ¿Qué hago aquí?
Allí observe al pequeño a un lado, el solo cerraba los ojos y extendía sus brazos mientras caminaba, sintiendo la brisa chocar en su cara y las hojas de los arboles caer. Sonreía con una cara de profundo placer y paz, solo un niño podía llegar a tener tal nivel de éxtasis de algo tan simple.
Cuando llegamos a la casa me senté en el sofá y me quede observando al techo pensando en ella, antes de conocerla sentía el mismo vacío que siento en estos momentos, ella sin quererlo me saco de aquella oscuridad en la que estaba sumergido.
―Tienes que dejarla ir ya llevas meses estando triste y no sé cómo animarte― Dijo el dulce niño.
―Simplemente no lo hagas― Ella era mi luz, mi musa y esa enfermedad me la había quitado, ya no me quedaba nada por lo cual luchar ni nadie que le diera sentido a mi vida, mis padres ni los conocía y los pocos amigos que tenía, poco a poco se habían ido con el paso del tiempo― ¿A quién le puedo importar?
―A mí, no seas terco ¿Y si vamos a la playa o de viaje?
―Tu siempre con tus niñerías ¡Hay demasiadas deudas que pagar como para estar viajando!
―Bueno solo vayamos a la playa entonces.
―Ya dije que ¡NO! No quiero ir a ningún sitio.
― ¿Por qué eres tan amargado? Cuando sea grande ¡No seré como tú!.
En ese instante el niño desapareció y viéndome en el espejo dije
―Es muy tarde, ya lo eres.
Aquella pequeña parte de mí mismo estaba en lo correcto yo lo sabía, pero por alguna razón yo no quería salir de ese hoyo.
